Pido perdón, soy madre de niños de alta capacidad.

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Los padres de alta capacidad gozamos de mala fama. Se nos acusa de “intensos“, molestos, elitistas, poco colaboradores, competitivos, batalladores, conflictivos incluso y de que pensamos que nuestros niños son pequeños “Einstein” que deben brillar todo el tiempo y si no, es culpa de la escuela. También es común que pensemos que absolutamente todo lo que les ocurre tiene que ver con sus altas capacidades. Algunos abogan por una instrucción exclusiva, selectiva y separada para su hijo a la que además quisieran que nadie más tuviera acceso, en la creencia, supongo, de que en la cumbre deben haber pocas plazas y mejor no dar oportunidades a los demás. Esta es la imagen que proyectamos. Y en algunos casos, es cierto.

Aunque con apenas un 0,20% de niños identificados en nuestro país -y en algunas comunidades ronda un escaso 0,04 / 0,06%-, la muestra es tan pequeña, que más bien se podría decir que los padres de niños de alta capacidad son en su mayoría (ese 14,80% de la población oculto) complacientes, conformistas, tranquilos, y nada exigentes. Sea cual sea las manifestaciones que su hijo muestre, no molestan al centro y buscan soluciones por su cuenta.

Tanto es así que consultados los datos con la administración de Madrid, por ejemplo, nos indican que en inspección educativa en los últimos 5 años sólo ha habido una única queja por motivo de las altas capacidades de un alumno. Somos un colectivo en verdad pasivo, conformista y altruista, pues renunciamos a nuestros derechos, por no molestar, o no molestarnos (y esto desde luego no ayuda a promover una conciencia de la necesidad de tomar acciones efectivas para atender a este alumnado).

Pero como pocas cosas son 100% blancas o  negras, reconozcámoslo, basta con que una madre o padre de algún niño o niña de alta capacidad haya montado algún “pollo” en el centro -y las hay-, para que ya todos seamos considerados iguales (somos humanos y funcionamos así), y esto previene al maestro de turno de no hacer “saltar la liebre” por si hay suerte y le pasa la pelota al tutor del próximo curso, “cualquiera pasa por el mismo mal trago otra vez”. Cuando adoptamos una actitud beligerante en lugar de una estrategia razonada, estamos perjudicando y retrasando el hecho de que identificar y atender las altas capacidades se normalice y extienda. Debemos saber qué pedir, dónde y cómo y cuáles son los argumentos que nos respaldan.

Pero vayamos a los motivos. Como dice nuestro ya amigo Robert Swartz, las emociones si están justificadas, no deben ser reprimidas, otra cosa es que por supuesto debamos medir la intensidad con que expresamos estas emociones.

Yo me pregunto. ¿Sólo las madres de niños de alta capacidad montan estos líos? Pues no. La verdad es que pasa con todos los niños con alguna necesidad específica o especial de educación porque nuestra escuela no esta estructurada ni organizada para atender la diversidad. Sólo que quejarse porque el niño “puede más” esta peor visto. Enseguida te sientes o te hacen sentir culpable, poco solidario, poco respetuoso con los demás, poco empático con aquellos que necesitan “más”. Es cómo si hubiera que pedir perdón porque tus hijos demandan algo diferente. Al fin y al cabo, tu hijo, “va bien” y el maestro hace lo que puede con los recursos que tiene.

Ya, pero es que no va bien. De verdad que no. No se trata de que entren en la universidad con 15 años, ni que descubran la cura del cáncer con 18, o se tele-transporten a Júpiter con 20, o que aparezcan en las primeras páginas de Google cuando en el futuro alguien teclee “personajes ilustres del siglo XXI”. Se trata de que también ellos crezcan felices, con una autoestima positiva, que desarrollen su capacidad para afrontar retos, en un entorno social donde se sientan incluidos porque sus habilidades, como sus defectos tienen cabida, son comprendidas, valoradas, trabajadas. Donde no se sientan estigmatizados, donde no tengan que esconderse o avergonzarse por sus cualidades. No, los niños de alta capacidad no merecen más atención, pero tampoco menos.

Si somos beligerantes en la escuela, es porque nos encontramos desasistidos, desamparados, desesperados. No es un invento ni una obsesión. Cuando estos niños no son retados en la escuela generan todo un catálogo de modificaciones en su comportamiento (agresividad, ansiedad, miedos, baja autoestima, ego aumentado, nervios, hiperactividad…) que pueden psicomatizar en dolores perpetuos ya sea de cabeza, estómago, o extremidades, y/o úlceras o alteraciones cutáneas. Pero lo peor es que desarrollan una actitud pasiva, de desinterés perpetúo, apatía, desmotivación, falta de capacidad para superarse, que les inhabilita para cualquier reto futuro, por pequeño que éste sea.

Ya no quieren enfrentarse a ninguna situación nueva, que no dominen. Sienten pánico ante la idea de sentirse aprendices, de fallar, de no saber. Se encierran en su zona de confort hasta que ésta es tan pequeña que les inmoviliza. Llegan los bloqueos emocionales. Sus cerebros entran en modo “off”. Sinceramente ¿Quién puede esperar que una madre con este cuadro en casa no pierda la paciencia? Por supuesto, nada justifica la falta de empatía, respeto y educación, que ha de ser recíproca.

Una buena relación y coordinación con el profesorado que atiende a tus hijos es el mayor premio que nos puede tocar tanto a las familias como a los educadores, y, desde luego, el mayor beneficiado es el alumno/a. Pero esta relación, como el respeto personal, no se impone, se trabaja. Y para trabajarlo necesitamos aportar a esta relación:

Una amplia formación sobre el tema o la disposición por aprender y hacerlo de fuentes de reconocido prestigio y probada investigación. 

Este es uno de los puntos más espinosos pues, como he dicho, en nuestro país casi toda la literatura y formación a este respecto esta más interesada en clasificar para categorizar las altas capacidades, y ahondar en un modelo de respuesta aislada, reflejado en la normativa, que propone un itinerario de ampliaciones curriculares que sirven para poco o nada, y en muchos casos llegan a generar rechazo por parte del alumno o implican un coste social que no quiere asumir.

Los que se aferran a este modelo y se preocupan más de clasificar a los niños para determinar si son talentos, superdotado, o profundamente dotados, ignoran que el resultado a un test psicométrico, ni es una medida de la capacidad real y global de ningún niño -menos aún cuando les queda tanto por desarrollar- ni predice su éxito futuro.  Y que este afán clasificatorio, apenas tiene repercusión fuera del mundo hispano-americano pues ningún investigador reconocido hoy encuentra utilidad a este modelo en relación a promover una respuesta educativa apropiada.

Así, en lugar de centrarnos en las poco fructíferas etiquetas y clasificaciones, nos sería más útil concentrarnos en cómo podríamos generar un entorno educativo flexible, enriquecido y estimulante para que todo niño a lo largo de su desarrollo, pudiera ir explorando diferentes áreas y encontrar su pasión. Pero además asegurarnos que cuando la encuentre, ha desarrollado las fortalezas internas necesarias para afrontar el duro trabajo que exige convertirse en un especialista en cualquier campo.

No podemos olvidar que más allá de nuestra capacidad, son nuestras fortalezas internas de trabajo, esfuerzo, persistencia, sacrificio, organización, y orientación al objetivo las verdaderas responsables de nuestros logros. Y que estas fortalezas se desarrollan únicamente cuando el niño es retado y este reto esta a la altura de su capacidad.

Sin una formación adecuada, por ambas partes, no podemos tener un lenguaje común de entendimiento y cooperación.

Reconocer las limitaciones para emprender un camino común.

La formación sobre altas capacidades en España es escasa o nula. Hay que reconocerlo. Porque los padres irremediablemente nos acercamos al maestro o profesor buscando respuestas y soluciones. Y él o ella con mucha frecuencia no las tiene. Hay aquí una oportunidad para aprender y emprender, pero para ello es necesario tener la humildad y la valentía de reconocer la situación.

También llegamos al aula exigiendo medidas exclusivas para nuestros hijos y esto, pese a estar respaldado por la normativa, organizativamente no es tan fácil y no siempre esta en manos del maestro o profesor. En primer lugar ¿Qué medidas? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Para qué? ¿Con qué medios?. Los padres aquí hemos de aceptar la realidad. Si el centro o el maestro esta lejos de utilizar metodologías activas, no van a cambiar de un día para otro. Hemos de negociar con cada tutor algunas propuestas a adoptar y que sean viables. Y ¿por que no? promover jornadas, actividades, aportar información, vídeos, documentación, concursos escolares, lo que sea por facilitar el acceso de tu hijo a aquellas medidas que le puedan suponer un reto. Seguro que en el centro hay más niños con necesidades educativas, juntos podréis generar más ideas creativas.

La voluntad de trabajar y modificarse.

Atender la diversidad no es un favor ni es opcional. Es una obligación legal, profesional y moral. Y no es posible desde una práctica de instrucción tradicional de clase magistral, fichas y repeticiones. Y por muchas excusas y límites que nos queramos poner e imponer , el hecho de que cada vez más centros y educadores pongan en práctica otro modo de enseñar, y que funciona, y que es posible aún dentro de este sistema, deja en evidencia una falta de voluntad por asumir el reto y el esfuerzo, de aquellos que aún se resisten y que también se están perdiendo la oportunidad de disfrutar de la satisfacción y recompensa que supone transformar el aula para que ésta sea un modelo inclusivo, multinivel y para el desarrollo del potencial de todos los niños.

Especialmente en el caso de las altas capacidades, la necesidad pasa por crear un clima donde cada niño pueda explorar sus área de interés tan lejos como este motivado en cada momento, en un ambiente de trabajo cooperativo y donde pueda avanzar en el desarrollo de sus destrezas, implicando habilidades de pensamiento superior, propiciando la autonomía y responsabilidad en el aprendizaje y trabajando al mismo tiempo sus deficiencias, porque no debemos olvidar que no son niños perfectos y homogéneos, son niños de alta capacidad cognitiva.

Pequeños gestos como darles libertad de elección de las lecturas, hacer diferenciación de niveles en pequeño grupo en las asignaturas de matemáticas, ciencias o idiomas, traer al aula algún enigma a resolver, y escucharles puede suponer una gran diferencia y no exige recursos adicionales. Tu actitud y la forma cómo les percibes son en sí mismo un catalizador o un inhibidor de su desarrollo. Hay muchas pequeñas formas de enriquecer el aula sin grandes esfuerzos : 9 cosas que podría haber hecho por mis alumnos de altas capacidades… y no hice.

Amplias dosis de sentido común, empatía y educación.

Si perdiéramos el miedo al talento. Si no nos asustáramos cuando alguien nos dice que Pepito o Juanita son de alta capacidad. Si olvidáramos los prejuicios y aplicáramos el sentido común, todos, padres y educadores nos entenderíamos mejor. Al fin y al cabo, ¿qué es la alta capacidad? un constructo que nos hemos dado para reflejar, que igual que unos niños tienen un desarrollo físico más rápido o mayor que otros en determinadas etapas de su desarrollo, que unos niños tienen unas habilidades especiales y asombrosas para algún tipo de deporte o arte, otros niños tienen un mayor desarrollo cognitivo o muestran una mayor capacidad para relacionar conceptos, sintetizar, generar respuestas creativas, aprender desde la observación, percibir imputs, memorizar, son más curiosos que otros o tienen más necesidad de comprender en su globalidad cualquier concepto que aprenden.

Como en el deporte, como en la música, sin entrenamiento, sin esfuerzo, sin oportunidad, sin reto, estas habilidades, esta mayor capacidad, no sirve para nada. Por esto, retar a los niños, a todos, a la altura de su potencial, debiera ser la única meta de la educación, más allá de los contenidos, las notas, o los estándares. Y esta debe ser la demanda de las familias con niños de alta capacidad.

Pero no porque necesitemos vivir de su talento, o que brillen por orgullo propio y para envidia de las vecinas, o para suplir nuestra falta de auto-realización por unos sueños truncados y no conseguidos. Sino porque desarrollar nuestro potencial al máximo es el ingrediente de nuestra felicidad, de nuestro equilibrio emocional, de nuestra integración social y de nuestra misión como seres humanos. Y hoy además, conociendo los retos a los que nos enfrenta el siglo XXI, con la hiperdigitalización de la economía, una responsabilidad hacia nosotros mismos y nuestro país. Por eso cualquier reclamo debe estar centrado únicamente en las necesidades individuales y particulares que cada niño presente en cada etapa de su desarrollo, sin que ningún otro factor influya.

Desterrar los Mitos.

Nuestra cultura y prensa expone un cliché sobre las altas capacidades que en pocas ocasiones corresponde con la realidad. Estos mitos afectan negativamente a la forma en que el entorno del niño le percibe, limita su identificación y dirige la respuesta educativa hacia medidas que no se han probado eficientes.

La normativa también se hace eco de estos mitos y propone medidas de respuesta sólo cuando el alumno “muestra un rendimiento excelente, global y homogéneo”, desoyendo las conclusiones de la investigación científica. Desterrar estos mitos es el primer paso para iniciar una buena comunicación familia-centro. De ellos hemos hablado mucho, y no vamos a detallarlos aquí, pero te dejo los enlaces para que los puedas recordar :

 

 

Durante estos dos años de andanza hemos conocido un sinfín de maestros, orientadores y profesores comprometidos, aprendices eternos, valientes innovadores, esforzados y entregados a una causa, la de la inclusión, la innovación y la modernización de la educación, y con grandes dosis de autocrítica. Todos ellos unidos en redes de apoyo mutuo que se retro-alimentan y provocan una velocidad de cambio que crece de forma exponencial. Cientos de iniciativas, premios e incentivos para cambiar. Hemos recobrado la confianza en una dura profesión porque sobre ella cae toda la responsabilidad sin apenas libertad de acción, autonomía y decisión, y para la que se han tenido que formar a costa de sus familias y tiempo libre, sin que ello les reporte mayor recompensa o reconocimiento que la satisfacción del deber cumplido (que no es poco).

Creo que las familias podríamos hacer mucho más por acompañar este proceso de cambio. Que también necesitamos hacer autocrítica y aprender sobre la función docente y la estructura académica para entender y apoyar, conocer los límites y exigencias que rodean a la función docente y dar ejemplo con nuestra actitud para exigir sí, porque es nuestro derecho, pero debidamente formados e informados y abriendo cauces de negociación y puntos de encuentro. Quizá no siempre conseguiremos mucho más, y puede que en algunos casos la única opción seguirá siendo cambiar de centro o sufrir en silencio. Pero hemos de intentar dejar de  contribuir a ese cliché de madre de un niño de alta capacidad” como sinónimo de “madre incordiante”.

Todo esto no significa que dejemos de exigir lo que es nuestro derecho y nuestro deber como padres. Procurar a nuestros hijos una educación a su altura. Todos los niños necesitan reto para desarrollar una actitud positiva ante el aprendizaje, ante la vida, ante sus sueños. También los niños de alta capacidad. Y esto significa transformar el aula, abandonar una instrucción igualitaria para todos pero también dejar de complacernos porque a nuestros hijos les distingan con actividades “ad hoc” que suponen apenas algunas modificaciones aisladas uno o dos días por semana “cuando acabe la tarea” o una loca carrera por llenar el espacio con actividades extra-escolares.

Debemos también empujar por una educación inclusiva donde todos los niños puedan desarrollar su talento, una educación sin etiquetas donde las oportunidades no se ofrezcan tras un proceso de criba, sino abiertos a un concepto más amplio de desarrollo donde capacidad, oportunidad y fortalezas personales se combinan de forma fluida y constante.

Esto significa promover metodologías activas, participativas, multinivel, que impliquen razonamiento, estrategia, organización, basadas en los intereses de los niños, retadoras, estimulantes, el 100% del horario lectivo y con un seguimiento a lo largo de todas las asignaturas, todos los cursos, todas las etapas.

Tenemos la oportunidad de transformar la escuela y hacerlo no sólo para un colectivo específico, sino para todos. Cada niño es un reto y debemos verlo, no como una amenaza, sino como un aliciente para aprender más, para transformarnos y crecer. Todo lo que hagamos por él o ella, revertirá en beneficio de todos los demás, de los de ahora y de los que vendrán después. Y podemos hacer todo esto juntos, pero para ello necesitamos  romper clichés y estereotipos, dejar de lado toda suspicacia y acercar nuestras realidades.

 

 

 

 

 

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