En la Escuela Todos me Llamaban Tonto.

De ser el “tonto de la clase”, a uno de los neurocirujanos de mayor prestigio mundial y candidato a la presidencia del Partido Republicano de los EE.UU, gracias al empeño de una madre y a su propia determinación:

(CNSNews.com) – Durante un discurso en la Universidad de Liberti, el candidato a la presidencia del GOP (Partido Republicano de los EE.UU), el Dr. Ben Carson, dijo que cuando era un niño, sus compañeros de escuela le llamaban tonto, porque era muy mal estudiante: “De hecho era un muy mal estudiante, y todos me llamaban imbécil. Ese era mi apodo, y yo también creía que era un imbécil. Nunca pensé que yo fuera inteligente. Incluso recuerdo un día en el patio de la escuela, en que nos estábamos preguntando quién sería el niño más lento de la escuela. No hubo una gran discusión porque todos estuvieron de acuerdo en que ese sería yo. Pero entonces alguien quiso divagar sobre quién sería el niño más tonto del mundo, y yo dije.. “Esperad un minuto, hay billones de niños en el mundo”, y ellos constestaron, “Si, pero tu eres el más tonto de todos!”.

Carson es hoy un neurocirujano retirado que ha trabajado en el Hospital John Hopkins tras graduarse en la Universidades de Yale y Michigan. Él cuenta que su sueño siempre fue convertirse en un doctor, hasta el punto de que era capaz de sacrificarse y dejarse pinchar, con tal de ir al médico y poder oler el olor de la consulta.

Había una persona que no pensaba que yo fuera tonto, y esa era mi madre. Ella siempre estuvo segura de que había algo en mi, y siempre me decía – Benjamin, eres demasiado listo para traer estas notas a casa-”. Pero yo seguía trayendo las mismas notas, y ella seguía pensando lo mismo, y ya no sabía qué hacer, y rezaba, y le pedía a Dios que le diera sabiduría para saber qué hacer para hacer que su hijo entendiera la importancia del desarrollo intelectual”.

Carson dice que Dios le dió a su madre finalmente la sabiduría que requería para hacer que él y su hermano leyeran libros y le hicieran un resumen, incluso a pesar de que ella no podía leerlos. “Mi hermano y yo nunca pensamos que fuera nada útil .. ¿Apagar la televisión y hacernos leer para presentarle resúmenes que ella no podía leer? Pero nosotros no lo sabíamos, y ella añadía anotaciones, subrayaba y marcaba los textos, para que nosotros pensáramos que los leía”

La gente me decía “-¡¿Por qué lo haces?. Tu madre siempre estaba trabajando. Ella ni siquiera hubiera sabido si leías esos libros o no!-. Sí, lo hubiera sabido, y además, en aquellos días, uno hacía lo que sus padres le decían. En esos tiempos no habían psicólogos pidiendo que se deje a los niños expresarse a su aire. Simplemente hacías lo que te decían tus padres”.

Carson descubrió a través de la lectura personajes que habían logrado superarse al hacerse cargo de su propio destino. “A medida que leía esos libros, empezaron a ocurrir cosas increíbles. Empecé a darme cuenta, principalmente, según leía historias de personajes que habían alcanzado grandes logros en diversos campos, que la persona que más tiene que ver con lo que te va a ocurrir en la vida, eres tú misma. Nadie más. No es el entorno, no es tu capacidad, eres tú. Y eso me empoderó enormemente. Dejé de escuchar a las personas de mi alrededor – todos esas personas negativas que te dicen que algo no se puede hacer, y empecé a pensar sobre lo que si puede hacerse, y esto provocó una gran diferencia en mi vida. “

Una vez entró en la escuela de medicina, Carson fracasó en sus primeros exámenes. Cuando le enviaron al asesor “el miró mi expediente y dijo – Pareces un joven inteligente, hay muchas cosas que podrías hacer fuera de la medicina”. Me aconsejó que dejara la carrera de medicina.

Carson se sintió devastado, volvió a casa y rezó, pidiendo a Dios que le diera sabiduría para saber qué hacer. El estaba asistiendo a muchas clases, pero no estaba aprendiendo nada. Reflexionando, se dio cuenta de que lo que más le había enseñado siempre habían sido los libros, así que tomo una gran decisión, saltarse las aburridas clases y dedicarle el tiempo a aprender de los libros, y así el resto de su carrera de medicina se convirtió en un camino de rosas.

Cada persona aprende de un modo diferente” indica Carson. “Yo personalmente no aprendo nada de las clases magistrales, pero aprendo mucho leyendo. Y hay otras personas como yo. Otras personas aprenden de los debates. Otras aprenden repitiendo lo aprendido. Otras son muy visuales y necesitan construir una imagen de cada concepto.. de hecho yo soy muy visual, y necesito hacerme “tarjetas flash” de cada cosa que me es útil saber.

Caron alienta a los estudiantes a encontrar la fórmula que funciona para ellos. “Dios nos ha dotado de maravillosos cerebros” y tenemos la obligación de usarlos en el modo que nos es más provechoso.

 

Traducción del original (no se vierten creencias u opiniones personales):

http://www.cnsnews.com/news/article/melanie-hunter/ben-carson-everybody-called-me-dummy-school

 

(1) Benjamin Solomon «Ben» Carson, Sr. (Detroit, Míchigan, 18 de septiembre de 1951) es un médico neurocirujano pediatra retirado, psicólogo, filántropo, escritor y político estadounidense. Fue candidato a la nominación republicana en las elecciones presidenciales de 2016. En 2008, fue galardonado con la Medalla Presidencial de la Libertad por el presidente George W. Bush.

Después de pronunciar un discurso ampliamente difundido en el 2013 Desayuno Nacional de Oración de 2013, se convirtió en una figura conservadora popular en los medios de comunicación políticos por sus opiniones sobre temas sociales y políticos.1

Es reconocido por su filantropía, su incursión en el mundo de la neurocirugía y sus actividades dentro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día así como su participación en el partido Republicano. Es también conocido por realizar operaciones de muy alto riesgo, como la separación los gemelos siameses alemanes Patrick y Benjamin Binder en 1987, con un equipo de 70 personas, tras un período de 22 horas.

 

Ben Carson es autor de varios libros en las que cuenta su historia de superación personal y nos da una lección de vida para enfrentarnos a nuestro futuro con responsabilidad y autonomía. Interesante lectura para todos, pero en especial para jóvenes y adolescentes a punto de definir su futuro:

 

Manos Prodigiosas : La historia de Ben Carson

Ben Carson - Manos prodigiosasManos prodigiosas por y acerca de Ben Carson, Doctor en Medicina, es el relato inspirador de un chiquillo de un barrio dificil, con bajas calificaciones y poca motivacion, que a los treinta y tres años llegó a ser director de neurocirugia pediatrica del Hospital de la Universidad John Hopkins.

En 1987, el Dr. Carson obtuvo un reconocimiento mundial por su participacion en la primera separacion exitosa de siameses unidos por la parte trasera de su cabeza; una operacion en extremo compleja y delicada que llevo cinco meses de planificacion y veintidos horas de cirugia, incluyendo un plan quirurgico que Carson ayudo a iniciar.

Manos prodigiosas revela a un hombre humilde, decente, compasivo, valeroso y sensible que sirve como modelo ejemplar para los jovenes (y todos los demás) que necesitan estimulo para intentar lo que parece imposible y sobresalir en lo que sea que intenten. El Dr. Carson tambien describe el papel clave que su madre, de gran inteligencia aunque relativamente sin mayor educacion, desempeñó en su metamorfosis de un adolescente de gueto y sin motivación a uno de los neurocirujanos mas respetados del mundo”

 

Corre el Riesgo: Aprenda A Identificar, Elegir y Vivir Con los Riesgos Aceptables

Ben Caron - corra el riesgo.jpg“En nuestra cultura de evasion de riesgos, valoramos en alto grado la seguridad. Sin embargo, al aislarnos de lo desconocido, de los riesgos de la vida, nos perdemos la gran aventura de vivir nuestras existencias a su pleno potencial.

Ben Carson paso su niñez como un nino en riesgo de exclusión en las calles de Detroit, y en la actualidad corre riesgos a diario al realizar complejas cirugias en el cerebro y el cordón espinal.

Ahora, ofreciendo inspiradores ejemplos personales, el Dr. Carson nos invita a abrazar el riesgo en nuestras vidas. Estas son nociones de un hombre cuya vida exhibe de un modo dramático una conexion entre los grandes riesgos y los grandes triunfos, que le ayudarán a desvanecer su temor al riesgo para que pueda sonar en grande, apuntar muy alto, moverse con confianza y cosechar recompensas que nunca imaginó.

Al evadir el riesgo, está tambien evadiendo el pleno potencial de su vida? Al salir de la zona de comfort para abrazar nuestros sueños es como nos desarrollamos plenamente como seres humanos y alcanzamos esa increíble sensación de estar dirigiendo nuestras vidas.


Una fantástica historia de superación personal, de la que podemos extraer varias conclusiones para la educación, en la escuela, y en casa:

  1. El rendimiento académico no es la medida de la inteligencia. No porque las personas inteligentes no tengan más capacidad para aprender, que la tienen, sino porque la escuela, lineal, auditiva, memorística, repetitiva, académica y dogmática, no esta preparada para dar respuesta a otras formas de aprender o para valorar la divergencia, la creatividad, la innovación. La inteligencia no se expresa de una única forma. El aprendizaje no sucede de la misma forma para todos los niños. Sólo cuando esta premisa diriga la metodología de cada una de nuestras aulas, podremos estar hablando de educación de calidad.
  1. La percepción que tienen unos padres sobre la verdadera capacidad de sus hijos, debe ser tenida en cuenta, y mucho, por los tutores y profesores, de forma que puedan trabajar de forma cooperativa para encontrar el modo de estimular al niño y sacar a flote todo su potencial. Cuando los padres creen que sus hijos son inteligentes, aciertan en, al menos, un 85% de las veces, tal como muestran diversos estudios llevados a cabo en Estados Unidos.
  1. La auto-estima y la persistencia son, más allá que otros muchos factores, los mayores dinamizadores del potencial, los mayores motivadores para alcanzar logros y sueños. Trabajar esta autoestima depende mucho de trasmitir un nivel de expectativas elevado y adecuado. Cuando el nivel de exigencia esta por debajo del potencial del menor, éste acabará desaprovechando su potencial. En este caso, fue la madre de Benjamin Carson quien trabajo la autoestima de forma positiva en sus hijos, exigiéndoles en base al potencial que ella estaba segura sus hijos poseían. La escuela y las familias tienen una elevada responsabilidad en esta tarea.
  1. Por último, y aunque es de vital importancia trabajar por entornos dinamizadores del talento, por maestros capaces de adaptarse a diferentes modos de aprender, aulas que promuevan el pensamiento crítico y la creatividad, al final son nuestras decisiones las que nos llevan por un camino u otro. Somos responsables de nuestro futuro. Del mismo modo, y aunque es fundamental contar con leyes educativas que favorezcan la labor del maestros y recursos adecuados que le permitan realizar su labor con todas las garantías, también es cada maestro de forma individual quien es responsable de la forma en que motiva y estimula a cada uno de sus alumnos.

 

Madres que dan Alas

madre de forest gump

Hace poco compartimos con vosotros la historia de Nancy Edison, una madre que creyó en su hijo más allá de lo que los maestros le indicaban. Hoy os traemos la historia de mamá Carsón que a pesar de no saber hleer, sí tuvo la sabiduría de creer en el potencial de sus hijos.

No hay duda de la fuerza que tiene la educación que las familias dan a sus hijos. De las expectativas y valores que los padres inculcan a éstos. Sin embargo, a lo largo de nuestra trayectoría muchas son las quejas de madres obligadas a emprender una lucha titánica para que el potencial de sus hijos sea atendido. No, no vamos a hacer aqui un alegato corporativista a favor de las madres “coraje”. Pero sí es necesario que estas historias nos sirvan para reflexionar sobre si no sería adecuado dar un voto de confianza a tantas madres que luchan, que luchamos, porque ese potencial que a veces la escuela no detecta, se atienda.

Podemos discutir si la educación académica debe restringuirse al aprendizaje de datos y conceptos o debe ir más allá y trabajar las habilidades de cada menor para mejor prepararlo como persona. Podemos también discutir sobre si esta preparación debe o no incluir el desarrollo de las habilidades que se demandan profesionalmente o centrarse en aspectos humanos y sociales. Pero no se puede discutir que nada de esto puede suceder si el niño no llega a la escuela con disposición para aprender y aprovechar lo que allí le vayan a ofrecer.

Y promover esta actitud depende, siempre, de un trabajo coordinado familia-escuela.

Maestros que dan Alas.
5.0.2

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También existen miles de historias similares de maestros que fueron capaces de ver más allá y de cambiar el rumbo de alguno de sus estudiantes en particular, o de un grupo-clase en su conjunto. Maestros hoy anónimos que viven con pasión su profesión y se entregan cada día a sus alumnos.

Y por eso queremos dar voz a todos ellos y os invitamos a enviarnos vuestras historias a yoatiendoeltalento@gmail.com, para que la publiquemos en nuestro blog-maratón de artículos : www.yoatiendolasaaccenelaula.wordpress.com. Nos la podéis contar como padres que habéis vivido esta experiencia, o como profes que os visteis un día retados por un alumno “especial” que lo cambió todo. ¡Animaros!

Cómo hacer que un niño brille. Dura lección al sistema educativo..

Taylor Wilson es un chico americano que con tan sólo 14 años se convirtió en la persona más joven en crear una fusión nuclear. Pero no lo hizo sólo. El esfuerzo de sus padres que lo sacrificaron todo para buscar la mejor educación para su hijo, y el apoyo de sus mentores, canalizaron su potencial y le permitieron llegar allí donde muy pocos antes habían llegado.

La educacion de los más capaces no sólo falla en España y en sus distintas Comunidades Autónomas, falla incluso en paises tan comprometidos con el talento como Estados Unidos. Sin embargo, hay algo que nos genera una gran envidia, y es el reconocimiento y honestidad en sus instituciones tanto públicas como privadas de la necesidad de dar más y facilitar, a través de los mejores medios, a sus estudiantes más capaces. Este reconocimiento se realiza a nivel institucional y en los medios de comunicación estadounidenses.

Rebelión os trae este interesantísimo artículo publicado este pasado mes de octubre de 2015 donde se realiza una reflexión sobre el caso particular de Taylor Wilson, un niño de tan sólo 14 años que dió una lección al sistema educativo. Tom Clynes, escribió un libro sobre su caso en el que además reflexiona sobre cómo y por qué el sistema educativo americano ha retrocedido en la última década en la atención a los más capaces, para llegar a niveles muy parecidos a los de nuestro país.

¿ESTÁ FALLANDO EL SISTEMA EDUCATIVO A SUS ALUMNOS MÁS BRILLANTES?

La historia de este niño que con 14 años construyó un reactor nuclear nos muestra por qué tenemos que apoyar a nuestros estudiantes más inteligentes antes de que sea demasiado tarde.

Por Tom Clynes

Nota del editor: Taylor Wilson sorprendió al mundo de la ciencia cuando, a los 14 años, se convirtió en la persona más joven de la historia en producir una fusión nuclear.

En Junio de 2015 se publicó un libro sobre Taylor —The Boy Who Played With Fusion: Extreme Science, Extreme Parenting, and How to Make a Star(El niño que jugaba con la fusión : Ciencia extrema, Educación extrema, y cómo hacer una estrella)escrito por Tom Clynes. Clynes comparte en este artículo los aspectos más destacados de su libro, incluyendo sus reflexiones sobre cómo ve el triste estado de la educación de las personas de altas capacidades (Gifted en inglés) en Estados Unidos (no tan distintas a cómo son en nuestro país).

Una tarde, Tiffany Wilson asomó la cabeza en el laboratorio, que su hijo de 11 años, había montado en el garaje de su casa para avisarle de que la cena estaba preparada. En ese momento, observó que en el traje de seguridad amarillo de su hijo había restos de materiales peligrosos y también observó un charco de líquido que se extendía desde un contenedor volcado por el suelo de hormigón.

– “Taylor, es hora de la cena.”

-“Voy a limpiar esto primero.”

-“Ese no es el material que nos han dicho que nos mataría si se dejaba abierto, ¿verdad?,” preguntó Tiffany

– “No lo creo”, dijo Taylor. “No, para nada.”

Los padres de Taylor había visto su progresiva obsesión por la ciencia desde los cohetes y la química hasta su pasión por la física nuclear. Un año antes, angustiado por el diagnóstico de cáncer de su abuela, a Taylor se le ocurrió la idea de utilizar la fusión nuclear para producir isótopos médicos para detectar el cáncer (se iluminan las células de los tumores). Por ello, se dedicó a construir un reactor de fusión nuclear – algo que, en su momento, habían hecho sólo 10 individuos en el mundo. Tiffany y su marido, Kenneth, bromeaban a menudo diciendo que no tenían idea de dónde les había salido un hijo así. Kenneth es un embotellador de Coca-Cola, esquiador y ex jugador de fútbol. Tiffany es instructora de yoga.

-“Ninguno de nosotros tiene condenada idea sobre ciencias”, señala Kenneth.

Durante meses, Taylor había estado recogiendo y experimentando con algunas cosas sumamente aterradoras. En vez de hacer lo que instintivamente harían la mayoría de los padres llevados por su “sentido común”, es decir, mantener a su hijo alejado de todo aquello que pudiera suponer un peligro para él – Tiffany y Kenneth hicieron todo lo posible para alimentar los intereses de Taylor.

Así, le conectaron con oportunidades de educación, localizaron mentores que le podrían ayudar a perseguir sus desconcertantes intereses, y le permitieron convertir el garaje de su abuela en un laboratorio de física nuclear donde hizo lotes de óxido de uranio y experimentó con elementos de transmutación.

Sin embargo, en la escuela sólo encontraba obstáculos. Ya fuera pública o privada, la zona de Texarkana (Texas) ofrecía pocas opciones para un niño como Taylor o su hermano, Joey. Ambos estaban en el 1% superior en las pruebas estandarizadas que les pasaron en el colegio. Y sin embargo, ya en séptimo grado (6º EP), Taylor pasaba la mayor parte de sus días escolares con formato “piloto automático”, pasando por trabajos escolares que ya había superado de largo.

Décadas de investigación han producido muy pocas anécdotas e historias reales que apoyen la teoría de que una persona brillante siempre vence todas las vicisitudes. Los niños de altas capacidades cuya estimulación es baja y no reciben apoyo se aburren y se frustran, y, con frecuencia, abandonan la escuela. Dos artículos publicados en Journal of Educational Psychology señalan que estos niños tienden a lograr resultados académicos más bajos en comparación con compañeros con igual inteligencia pero que reciben el apoyo necesario para avanzar y acelerar su aprendizaje.

Aquellos cuyas capacidades se identifican de manera temprana, y a quienes se les da la oportunidad de desarrollar sus talentos, son los que tienen más probabilidades de convertirse en adultos creativos y realizados. Tras cuatro décadas de seguimiento, los datos demuestran que muchos de los innovadores que han transformado la sociedad, han hecho aportes al avance del conocimiento y la cultura, e, incluso, han ayudado a reinventar nuestra sociedad, están en el top del uno por ciento en la capacidad intelectual – y muchos de ellos, identificados en su adolescencia, mostraron su talento desde jóvenes.

Por ejemplo, Mark Zuckerberg y Sergey Brin participaron en un programa de verano del Center for Talented Youth (CTY), abierto, entonces, para niños en el percentil 99 en los test de inteligencia. Bill Gates y Steve Jobs también se encontraban en este percentil 99.

Los años post-Sputnik fueron la edad de oro para la educación de los más capaces en los Estados Unidos. Las políticas de educación, influenciadas por el miedo de que los soviéticos se adelantaran, consideraron a los estudiantes más brillantes como un recurso estratégico y les dieron el apoyo que necesitaban. A medida que avanzaba la Guerra Fría, todo tipo de nuevos programas surgieron para los niños de altas capacidades.

La educación para los más capaces en las escuelas públicas de Estados Unidos comenzó su largo declive después del desmembramiento de la Unión Soviética en la década de los ochenta.

En la década de 1990, la educación para los más capaces (especialmente la aceleración) se empezó a abandonar debido a las afirmaciones – que nunca estuvieron basadas en ninguna investigación – que señalaban que la aceleración dañaba socialmente a los niños de alta capacidad y les privaba de su infancia. Asimismo, investigadores como el sociólogo de Berkeley, Samuel Lucas, advirtieron de que que segregar a los estudiantes de alta capacidad podría generar más desigualdad, especialmente ligada a las etnias y clases sociales más desvaforecidas.

Los defensores de los programas específicos de educación para los alumnos de alta capacidade respondieron que esta preocupación por ser elitistas olvidaba un aspecto clave: los niños de cualquier capacidad merecen una educación que identifique y dé respuesta a sus necesidades. A pesar de ello, los programas Gifted and Talented (G&T) empezaron a decaer y, posteriormente, desaparecer, primero en los centros universitarios y luego en los distritos de todo el país.

Durante la administración de George W. Bush, una vieja reivindicación sobre los niños de bajo rendimiento o con problemas de aprendizaje ensombreció la atención a los niños de alta capacidad y los niños de alto rendimiento (al igual que otros muchos aspectos de la educación): entró en vigor en 2003 la ley “No Child Left Behind” (NCLB) (Que ningún niño se quede atrás), -curiosamente durante una administración republicana- que se apoyaba en un ideal claramente igualitario; por lo que forzó a las escuelas a reducir sus fondos para los programas de niños de alta capacidad a favor de los niños con dificultades de aprendizaje.

El gobierno de Obama ha ajustado algunos aspectos de la ley NCLB, incluyendo su nombre, pero el foco permanece en alcanzar las competencias de cada curso : “Lo llaman la carrera hacia la cima“, señala Jane Clarenbach de la National Association for Gifted Children, “pero realmente no es para los que estan en el top; no se hace nada para ayudar a los niños de altas capacidades“.

Durante la última década, la educación especializada para los estudiantes de alta capacidad se ha estancado – hasta el punto de que es inexistente salvo para las élites económicas americanas. El interés por los niños académicamente precoces, y muchos de los dividendos que ellos produce, ha migrado fuera. Corea, Taiwán y Singapur son los máximo exponentes de la creación de programas innovadores para estos alumnos.

China está a medio camino con un programa que lleva ya una década vigente: “Plan Nacional de Desarrollo de Talento” cuyo objetivo es formar a jóvenes brillantes en la ciencia, la tecnología y otros campos de alta demanda.

Vietnam, -cuyo PIB per cápita es de $ 1910, es decir, no llega ni al 4% del PIB de EE.UU- supera ahora a los EE.UU de manera impresionante en matemáticas y ciencia.

Aunque hay excepciones brillantes, mayoritariamente en las escuelas privadas más elitistas, la tendencia es clara: en general, los educadores están fallando en cultivar a los estudiantes más prometedores. Y como consecuencia, estamos desaprovechando un recurso nacional crucial : nuestras mentes más valiosas.

Taylor fue uno de los afortunados. Por casualidad, sus padres descubrieron la Davidson Academy of Nevada, una escuela pública para niños de muy altas capacidades (highly gifted). La familia tomó la difícil decisión de trasladarse para que sus hijos pudieran recibir una educación acorde con sus capacidades.

Bob y Jan Davidson fundaron la Academia en 2006, sobre la premisa de que la educación de los más capaces debe ser personalizada, pero que una talla única para todos los programas no puede funcionar para todo el mundo. De esto modo, los enfoques educativos de Davidson incluyen el aprendizaje individualizado, la aceleración dirigida, la doble inscripción (los estudiantes pueden asistir a clases en la Universidad de Nevada-Reno), y la aceptación de todos los tipos de diversidad.

Por último, rodeado por sus compañeros intelectuales, Taylor fue capaz de trabajar a un ritmo acelerado – y desarrollar su potencial. A los 14 años completó un reactor que podría lanzar átomos juntos en un núcleo de plasma de 500 millones de grados, convirtiéndose en la persona más joven del planeta en lograr la fusión nuclear, el proceso que crea las estrellas. En el tiempo que había terminado el Bachillerato, Taylor había ganado la mayoría de los grandes premios en ferias científicas internacionales, completado dos charlas TED, y fue invitado a la Casa Blanca para mostrar el Presidente Obama el detector de neutrones que había diseñado para evitar que los terroristas importen armas nucleares. Actualmente, a la edad de 21 años, está creando su propia empresa e inspira a una nueva generación para asumir los retos de la ciencia.

Así que, ¿cómo podemos cambiar una cultura educativa cuyo nivel de desafío es, desde hace varias décadas, muy bajo para los niños a los que consideran, a su vez, su mayor esperanza? Las investigaciones muestran que la aceleración beneficia socialmente a los niños más capaces, ya que comparten intereses similares con los estudiantes que están más cerca de su nivel intelectual. Muchas de las intervenciones más eficaces – como el grado de omisión y la aceleración de un solo tema – no son caros, y en realidad algunas escuelas pueden ahorrar dinero. Los beneficios a largo plazo de la aceleración, especialmente en las áreas STEM, están documentadas por cientos de estudios que indican que la gran mayoría de los estudiantes acelerados se adaptan bien, tanto social como emocionalmente.

El sistema educativo de EUA, impulsado por la inercia, esta tardando en aceptar la evidencia de la investigación. Algunos educadores y padres siguen creyendo que la aceleración es negativa para los niños – que socialmente les perjudicará, les privará de su infancia, o les creará lagunas en sus conocimientos.

Nos aferramos a la idea de que todos los niños están mejor con niños de su misma edad“, indica Bob Davidson,” a pesar de décadas de investigación que afirman que los niños son más felices con otros niños de su mismo nivel intelectual con los que comparten intereses.

Se trata de flexibilidad“, señala David Lubinski, psicólogo de la Universidad de Vanderbilt que co-dirige el Estudio de precocidad matemática en jóvenes “ se trata de dar a los niños pequeños más brillantes lo mismo que los niños mayores ya están recibiendo, simplemente se trata de dárselo antes. Tenemos que estructurar las categorías inferiores de forma más flexible, como las universidades, donde no se pregunte “¿Cuántos años tienes?”, si no que pregunten ‘¿Tiene usted los requisitos?’ para acceder a cualquier programa.

Mientras los primeros programas para niños de alta capacidad fueron prolíficos y disponibles para los estudiantes más cualificados en todo el país, fallaron en el hecho de que aportaron muy poca investigación de calidad sobre lo que realmente funciona con los niños de alta capacidad. Paradójicamente, estos 30 años de declive en los programas G&T han coincidido con un enorme progreso académico y la comprensión de cómo podemos nutrir el mejor talento. Estas mejores prácticas se resumen en un nuevo informe del Acceleration Institute, titulado: A Nation Empowered. Este título optimista es representativo del estado de ánimo de muchos académicos: después de décadas en las sombras, la educación de los más capaces está haciendo, de hecho, su reaparición.

Y, sin embargo, es importante tener en cuenta que los beneficiarios de la última expansión de los programas G&T han sido principalmente los hijos de familias pudientes y con buena educación. Toda una industria de desarrollo de talentos se encuentra en pleno auge para aumentar las posibilidades de éxito de estos niños, con legiones de tutores, empresas de preparación de exámenes de admisión, y consultores. Pero no se está capacitando a toda la nación, si no más bien a una subclase de estudiantes que están en el extremo superior tanto de talento como de capacidad socioeconómica (y algunos atípicos afotunados que están agrupados en muy buenos o en muy grandes distritos escolares) . Los estudiantes de altas capacidades de bajos ingresos, de zonas rurales o minoritarias todavía es poco probable que sean identificados, atendidos y obtengan los recursos necesarios para desarrollar sus prodigiosos talentos.

La historia de Taylor Wilson nos muestra las cosas buenas que pueden suceder cuando un niño excepcionalmente brillante consigue la libertad y el apoyo necesario para continuar avanzando y puede convertirse en uno de los innovadores del mañana. La historia de Taylor nos da las pistas de lo que puede pasar si promovemos un “renacimiento” a gran escala de la educación para niños de alta capacidad, basada en la investigación de expertos en educación y asequible para todos.

Con suerte, no vamos a necesitar otra Guerra Fría para crear nuevo renacimiento. No hay que atender a los niños de altas capacidades porque tenemos que ganar la próxima carrera armamentística o dominar la economía mundial. Debemos hacerlo porque estos niños necesitan nuestro apoyo, y merecen la oportunidad de alcanzar su pleno potencial, como cualquier otro estudiante. ¡Los niños de alta capacidad, no son alumnos de 2ª¡

All images courtesy Tom Clynes and Taylor Wilson’s family.

Thanks to Stacy Abramson.

EducationEducation ReformScience

Puedes leer el artículo en inglés en el siguiente enlace: https://medium.com/bright/is-america-failing-its-brightest-stars-79721fd874df#.4pg9ojm9b

¿Qué hizo de Edison un inventor persistente?

La Educación de Thomas Edison

La historia de un hombre que aprendió a perseverar, a aprender de cada “fracaso”, a buscar soluciones diferentes, a interconectar el conocimiento de varias áreas, que vivió la pasión de descubrir, gracias a una educación libre y experimental.

En 1854 el Reverendo G.B. Engle subestimó a uno de sus estudiantes, de 7 años, Thomas Alva Edison, tachándolo de “tonto o retrasado”. Esto encolerizó al pequeño quien salió furioso de su escuela, la Port Huron de Michigan, la primera y única escuela formal a la que nunca volvió.

Su madre, Nancy Edison, lo llevó de vuelta al día siguiente para discutir la situación con el Reverendo Engle, pero ella también acabó enojándose ante su inflexibilidad. Todo se precipitó para el niño. La señora Edison sacó a su hijo de la escuela, a la que sólo había acudido por 3 años, y decidió educarle en casa. A pesar de que parece que acudió brevemente a otras dos escuelas, puede afirmarse que la formación académica de su infancia, tuvo lugar en su casa.

Así surge la leyenda de Thomas Alva Edison, nacido el 11 de Febrero de 1847, considerado el inventor americano más prolífico, con 1.093 patentes, entre las que se encuentran las maravillas del microscopio, el receptor telefónico, el teletipo bursátil, el fonógrafo, el cine, la fotocopiadora, y la lámpara incandescente, a pesar de no haber sido escolarizado.

Por muchos años, dió la imagen del inverosímil “genio hecho a sí mismo”: 1,78 de altura, ojos grises, pelo largo y desgreñado, -que parecía cortarse él mismo-, pantalones holgados desteñidos, zapatos descuidados, y manos descoloridas por los experimentos químicos. Más tarde decidió vestir con ropas más civilizadas, siempre de negro, hasta el punto de que en más de una ocasión los viandantes le confundían con un sacerdote y le saludaban con respeto, llevándose la mano al sombrero.

Edison probablemente obtuvo una educación mucho mejor que el resto de los niños de su tiempo, o del nuestro. Y no porque su madre tuviera una formación acreditada, quién había ido a la escuela, pero por poco tiempo. Y no porque sus padres fueran adinerados, eran pobres y vivían en los suburbios de una ciudad en decadencia.

El secreto de la Sra. Edison fue simplemente que prestó más dedicación que el que hubiera mostrado ningún maestro y tuvo la flexibilidad de experimentar con distintas formas de enriquecer y alimentar la pasión de su hijo por aprender. “Ella evitaba forzarme o presionarme, e hizo un esfuerzo por encauzar mi interés, leyéndome libros de buena literatura e historia, que ella misma había aprendido a amar. Era, de hecho, una gran lectora”, relata el biógrafo de Edison, Matthew Josephson

Thomas Edison se sumergió en estos grandes libros y, antes de los doce, ya había leído las obras de Shakespeare y Dickens, “La Caída del Imperio Romano” de Edward Giboon, “Historia de Inglaterra” de David Hume y muchos más.

Gracias a su devoción y observación, Nancy Edison descubrió formas sencillas de alimentar el entusiasmo de su hijo. Le compró un libro de ciencia, “Escuela de Filosofía Natural” de R.G. Parker, que explica cómo realizar experimentos químicos en casa. Edison mencionó que este fué “el primer libro de ciencias que leí siendo un niño”, hacía que aprender fuera divertido, y realizó cada uno de los experimentos que aparecían en este libro. Después Nancy le compró “El Diccionario de la Ciencia” que estimuló aún más su interés. Se volvió un apasionado de la química, y gastaba cada céntimo en comprar compuestos químicos en una farmacia local, coleccionando probetas, cables y otros elementos para sus experimentos. Construyó su primer laboratorio en el sótano de su casa en Port Hurton.

Así, Josephson indicó : “Su madre consiguió aquello que los verdaderos grandes maestros hacen por sus alumnos : Supo llevarle a un estadio en el que aprendía por si mismo, aprendiendo aquello que más le estimulaba e interesaba, y le animaba a seguir por esa senda”. En efecto, era lo mejor que pudo hacer por un niño tan particular. Como el propio Edison destacó : “Mi madre es la que me forjó. Ella me entendió y dejó que siguiera mis propias tendencias”.

Sam Edison, su padre, desaprobaba cada minuto que su hijo “desperdiciaba” en el sótano. Así que en ocasiones ofrecía a su hijo un penique para que siguiera leyendo literatura. A los 12 años, por ejemplo, Thomas leyó “La Edad de la Razón” de Thomas Paine (un libro sobre Teología). “Aún recuerdo el destello de comprensión que salía de sus páginas”, recuerda. Como era de esperar, sin embargo, Edison usó esos peniques ganados para comprar más sustancias químicas para sus experimentos en el sótano.

Pero Thomas Edison había descubierto el “juego intelectual”. Él quería aprender todo lo que pudiera sobre motores de vapor, electricidad, baterías, electromagnetismo, y especialmente sobre el telégrafo. Samuel F. B. Morse le había atraído a grandes multitudes cuando inventó el telégrafo en 1838, y las líneas telegráficas ya se habían extendido a lo largo del país, para cuando Edison estaba llevando a cabo sus experimentos. La idea de transmitir información a través de un cable le tenía completamente fascinado. Usó trozos de metal para construir un telégrafo y practicar el código Morse. A través de estos experimentos, aprendió más y más sobre la electricidad.

Cuando las líneas de tren de la compañía “Grand Trunk Railroad” llegó a su ciudad en 1859, consiguió un trabajo de “chico de los periódicos” en el trayecto de ida y vuelta a Detroit. Durante un año, buscó formas de aprovechar el tiempo en las 5 horas de tiempo muerto que duraba la estancia del tren en Detroit. Obtuvo el permiso para trasladar su laboratorio al vagón de equipaje, lo que le permitió continuar con sus experimentos. Esto funcionó durante un tiempo hasta que el tren tuvo una sacudida en la que se derramaron algunas sustancias químicas y el laboratorio se incendió.

En 1862, un accidente de tren le causó heridas en sus orejas. Con 15 años, empezó a perder oído. Así pareció pensar que un niño con discapacidad sin ninguna titulación, debía aprender todo aquellos que le interesase por su cuenta. De esta forma, intensificó su auto-aprendizaje.

La sordera probablemente me derivó hacia la lectura”, confesó más tarde. Fue uno de los primeros en usar el carnet de la librería pública de Detroit, con la tarjeta de socio número 33, de la que sistemáticamente leía cada libro estantería por estantería. Se apasionó con la obra de Victor Hugo, “Los Miserables”, hasta el punto que sus amigos le apodaban “Victor Hugo” Edison.

Sin embargo, lo que más fascinaba a Edison era la ciencia. Devoraba libros sobre electricidad, mecánica, análisis químicos, tecnología y más. Experimentó con los principios de Isaac Newton, lo que le llevó a decantarse por temas prácticos y no teóricos.

El Placer de Aprender.

Desde su condición de niño educado en casa, un joven hecho a sí mismo, Edison aprendió lecciones que le serían útiles toda su vida. Aprendió que formarse era su propia responsabilidad. Aprendió a tener iniciativa. Aprendió que podía obtener conocimiento práctico, inspiración y sabiduría leyendo libros. Aprendió a descubrir todo tipo de cosas desde los métodos de observación.

Aprendió que la educación es un proceso continuo y placentero.

A los 20 años Edison consiguió un trabajo como operador itinerante en el telégrafo de la Western Union, trabajo en el que destacó por su eficiencia y efectividad. Trabajó en Cincinati, Lousiana, Indianápolis, Menphis, Boston y Nueva York. Cuando más aprendía sobre el telégrafo, más quería aprender. Montaba y desmontaba los equipos hasta que aprendía su funcionamiento, experimentaba con formas para mejorarlas. Pensaba que un mayor conocimiento de la química le ayudaría, así que buscó viejas tiendas de libros y pedía libros de química desde Londres y París. Llenaba las habitaciones que alquilaba con sustancias químicas y desperdicios de metal para sus experimentos.

Un socio comentó : “Gastaba todo su dinero en comprar aparatos y libros, no podía comprar ropa. Ese invierno andaba por allí sin un abrigo, y casi se congela”.

El conocimiento de Edison y su iniciativa le llevó a una impresionante serie de inventos: El teletipo bursátil, del que más tarde, rellenaría patentes de docenas de sucesivas mejoras, y que se convirtió en un equipo estándar en América y Europa como el teletipo bursátil para el lingote de oro y la cotización de moneda extranjera. Desarrolló un método para trasmitir 4 mensajes de forma simultánea a través del mismo cable. Una curiosidad intensa alimentada por su educación en casa, le condujo a convertirse en el mejor técnico americano en telégrafos.

Desde su experiencia práctica, Edison aprendió a sacar lo mejor de las oportunidades inesperadas. Por ejemplo, en Julio de 1877, estaba probando un telégrafo automático que tenía una aguja que leía las muescas en las tiras de papel. La aguja de repente empezó a moverse muy rápido y, a través de las muecas y la fricción, generó un sonido que llamó la atención de Edison.  Pensó que “Si una aguja podía producir un sonido inintencionado a través de las muecas de un papel, podría también producir sonidos intencionados, en cuyo caso debería poder reproducir la voz humana”.. ¡Una máquina que habla!

El 17 de Diciembre de 1877 presentó la solicitud de patente del fonógrafo (“sonido escrito”), el invento de Edison más original. También fue algo que él no buscó inventar, a diferencia de la bombilla, los sistemas de generación de potencia, y otros famosos inventos en los que él deliberadamente trabajó.

Con un una mente flexible y abierta, Edison disfrutó de una importante ventaja en la carrera de la luz eléctrica. Mientras otros inventores trabajaban buscando la baja resistencia de los arcos eléctricos (entonces usados en las casas), lo que requería grandes cantidades de potencia eléctrica y cable de cobre – la parte más costosa del sistema eléctrico, Edison consideró lo contrario: un sistema de alta resistencia que pudiera necesitar menos potencia y menos cable de cobre. En Enero de 1879, en el laboratorio que estableció en Menlo Park, New Jersey, Edison había fabricado su primera luz incandescente de alta resistencia. Funcionaba transmitiendo la electricidad a través de un fino filamento de platino en una bombilla de cristal cerrado al vacío, para retrasar la fundición del filamento.

Pero la lámpara funcionaba sólo por una o dos horas. Mejorar su uso requirió toda la persistencia que Edison aprendió de niño. Testó muchos otros metales. Pensó en el volframio (tungsteno), el metal que hoy se usa en las bombillas, pero no pudo trabajar con él con las herramientas disponibles en aquella época. “Antes de dar con ello probé con no menos de 6.000 plantas vegetales, y busqué por todas partes filamentos del material más adecuado”. Lo que mejor funcionó, los filamentos carbonizados de fibra de algodón.

Éste ha probado ser uno de los inventos más desconcertantes de Edison. “La bombilla eléctrica me ha costado la mayor cantidad de estudio y ha requerido los más elaborados experimentos”, escribió. “Nunca me desalenté, o perdí la esperanza de conseguirlo. No puedo decir lo mismo de ninguno de mis otros socios de investigación”.

Aclamado como “El genio de Menlo Park”, Edison con frecuencia veía opciones donde otros habían fallado, porque él nunca había dejado de formarse a sÍ mismo en diferentes tecnologías. Gracias a sus lecturas sobre los últimos desarrollos de las lentes fotográficas pudo enlazar su nueva cámara de grabación de películas con un mejorado fonógrafo, capturando el sonido de forma sincronizada con la imagen. Así, Edison desarrolló lo que llamamos el “Cinemascope” capaz de proyectar estas “imágenes que hablan” en una pantalla.

En 1887 Edison construyó un laboratorio en West Orange, New Jersey, diez veces más grande que su primera instalación en Menlo Park. Una vez al día, Edison se daba un tour por esta vasta instalación para comprobar qué se estaba fraguando, pero pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca donde podía reflexionar sobre nuevas ideas.

A medida que envejecía, Edison se convirtió en un hombre grueso y duro de oído, pero se mantuvo tan entusiasta como siempre sobre la búsqueda del conocimiento práctico sin límites. En 1903, contrató a Andre Rosanoff, un ruso formado en química en Paris, que le preguntó por las reglas del laboratorio. “¡Diablos!”, Edison bufó, “¡No hay reglas aquí! ¡Estamos tratando de conseguir algunos logros¡”.

Después de la muerte de Edison, el 18 de Octubre de 1931, su ataúd fue colocado en su amada librería de West Orange para recibir las condolencias. Rosanoff identificó la llave de la fama de este viejo hombre : “Si Edison hubiera ido a la escuela formal, no hubiera tenido la audacia de crear todas estas cosas imposibles”.

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Este artículo no es, en modo alguno, una soflama para romper con la escolarización de los niños. Pero sí es una reflexión sobre los valores y habilidades que trabaja la escuela. Hoy, como en el siglo XIX, convertimos a niños curiosos que quieren experimentarlo todo, en autómatas que repiten lo que otros le enseñan. Hoy como en el siglo XIX no atendemos a los intereses particulares de cada niño, dejando que asuman la responsabilidad de su propio aprendizaje, y que busquen sus propias fuentes de información, guiados por mentores que sepan, como hicieron sus padres, despertar otros intereses complementarios. Hoy, como en el siglo XIX, enseñamos las materias de forma parcial y sesgada. Hoy, como en el siglo XIX, no entendemos que la experimentación es la base del aprendizaje, que la innovación parte de la capacidad para cuestionártelo todo, que para ser capaces de avanzar, hay que perder el miedo al fracaso y perserverar. Persistencia, valor para emprender, no dejar nunca de aprender, no dar las cosas por sentadas, auto-motivación, creer en uno mismo y saber conectar ideas y conocimientos, son las enseñanzas más importantes que la escuela y la familia nos pueden dejar como legado.

Edison aprendió a persistir, a relacionar ideas, a buscar el conocimiento, a buscar las soluciones desde otra perspectiva. APRENDIÓ A DEJAR FLUIR LAS IDEAS EN SU MENTE. Su pasión le llevó a estar en el entorno adecuado y rodearse de personas adecuadas que le aportaban nuevo conocimiento, y nuevas conexiones. Todo el engranaje funcionó adecuadamente, porque su mente estaba en la disposición de crear.

Y ésto, tan sólo ésto, es lo que debe ser la escuela. Un entorno donde aprender a dejar fluir las ideas de la mente, encontrar nuestra pasión, experimentar con ella, y relacionarnos con otros que complementen nuestro trabajo.

Extracto  del artículo original en inglés :

http://fee.org/freeman/the-education-of-thomas-edison/

Una escuela inclusiva también para las altas capacidades.

Una escuela para todos, una educación inclusiva

Salvador Rodriguez Ojaos

Dejemos las cosas claras desde el principio: una escuela que excluye es inadmisible y un sistema educativo que margina a un número considerable de niños y jóvenes es intolerable. Eso que hoy se conoce como atención a la diversidad no es otra cosa que la esencia misma de la educación. Si es excluyente, no es educación. Su propósito es que cada persona alcance su máximo desarrollo intelectual y emocional, que potencie plenamente sus habilidades y aptitudes personales y sociales.

Es una verdad fácilmente constatable que, en la escuela, los muros más difíciles de derribar no son los de piedra, sino los que están hechos de prejuicios, tópicos y miedos. En ocasiones, estos muros son levantados por los legisladores y sus leyes inadecuadas y partidistas. Otras veces, son construidos por docentes con una formación inapropiada y una actitud conservadora y conformista.

Además, la fiebre estandarizadora que están sufriendo la mayoría de los sistemas educativos está haciendo que estos muros sean cada vez más altos e infranqueables, con lo que cada vez quedan excluidos más niños y jóvenes.

Afortunadamente, en la escuela también hay personas (docentes, directores, orientadores, padres, madres…) que, en lugar de levantar muros, lo que hacen es abrir puertas y ventanas; o lo que es lo mismo, ofrecen posibilidades de aprendizaje adaptados para cada uno de los niños y jóvenes, sean como sean, sean quienes sean, provengan de donde provengan. La personalización de la educación lo que hace es dar oportunidades a aquellos alumnos que, por una u otra causa, no son “aceptados” por el sistema o no se adaptan a él.

En este contexto, es especialmente preocupante el caso de los alumnos con altas capacidades. Es este un grupo muy heterogéneo: varían en habilidades y aptitudes, varían en su nivel de dotación, varían en sus logros, no son siempre visibles ni fáciles de identificar, presentan muy diferentes características personales de personalidad y comportamiento y pueden provenir de diversos orígenes culturales, niveles socioeconómicos y ubicaciones geográficas.

Es cierto que no es fácil detectarlos, pero el problema es que aún detectándolos (incluso tempranamente) faltan formación, recursos y, en ocasiones, interés para dar una respuesta adecuada a sus características y necesidades.

Existe una falsa creencia que lamentablemente hace mucho daño: los niños con altas capacidades no necesitan una ayuda especial porque se valen por sí solos. Pero en realidad, sin las atenciones adecuadas (servicios, recursos, actividades…), los niños con altas capacidades tienen el riesgo de sufrir estrés psicosocial, aislamiento e incumplimiento de logros en la escuela. Y dar una respuesta adecuada para evitar que eso suceda no es elitismo, es justicia.

Salvador Rodriguez Ojaos es asesor pedagógico en el ámbito editoria, y desde su blog http://www.salvarojeducacion.com/ nos invita a reflexionar sobre la posición de la escuela actual y el cambio que es necesario abordar. Salvador es también pedagogo, formador en innovación educativa, creatividad, educación emocional y educación en valores. Puedes seguirle en @salvaroj

Un precoz “matón de barrio”

Autor : Luis Mari-Beffa.

Hará unos cinco años tuve en mis manos un caso clínico muy curioso. Normalmente los padres luchan por la custodia de sus hijos tras separarse de una manera no amistosa. Ya saben, esas madres que les sugieren a sus hijas que den portazos para cabrear a papá, esos padres que intoxican las cabezas de sus hijos para pisotear la dignidad de mamá. O, bueno, si no lo saben, yo se lo digo: un juicio por custodia parental es uno de los espectáculos más ignominiosos sobre la naturaleza humana a los que uno ha de asistir. La quintaesencia de la bajeza moral. Pero este caso del que les hablo, que pasó por mis manos hará unos cinco años, tenía una peculiaridad: ambos padres se peleaban porque fuera el otro el que se hiciera cargo del hijo que tenían en común. Eso sí, al margen de los juzgados.

Este chaval de quince años, que pasaba por ser un precoz matón de barrio, venía a la consulta con camisetas de tirantas pegadas, aretes en las orejas, brazos tatuados y un casco de moto tuneado con coloridas alusiones a la marihuana, rebotado de varios psiquiatras y psicólogos hasta que alguien -aún no sé quién- habló a sus padres de mí. Siempre me hacía la misma pregunta, nada más cruzar el umbral de la puerta: “¿Puedo liarme un trócolo?”. Y yo siempre le respondía del mismo modo: “Sí, claro, siempre y cuando luego me lo des a mí para que me lo fume al llegar a casa”. Había tenido varios arrestos por peleas y reyertas callejeras -nada serio-, su rendimiento académico era pésimo y, en todo momento, su actitud resultaba hermética y numantina.

En estos casos, mi experiencia laboral me ha enseñado que lo más adecuado es no abordar el caso de un modo directo, con preguntas claras e incisivas, sino dejar que la auténtica personalidad del interlocutor y los sucesos que desencadenaron sus mecanismos de defensa vayan aflorando de modo natural a través de conversaciones aparentemente intrascendentes. Durante varias sesiones hablamos sobre mujeres, bares y resacas -asuntos que le interesaban en especial y en los que había profundizado significativamente-, hasta que, poco a poco, la confianza que se estableció entre nosotros hizo que las conversaciones se tornaran en más personales. Además, aunque el trato fuera áspero, muy pronto me involucré de un modo personal con aquel muchacho de mirada directa y retadora -cosa que la propia psicología no recomienda pero, ¿a quién le importa algunas de las cosas que dice la psicología?-. A mí, desde luego, un comino, de modo que, en estos comienzos, hubo sesiones en las que pudimos estar más de dos horas hablando de fútbol y hachís, para así acortar los plazos, ya que los recursos económicos de sus padres, además, atravesaban serias limitaciones.

Con el correr de las sesiones advertí que aquel adolescente, pese a hablar de una manera dejada, parca en léxico y cecear -lo que a simple vista podía constituir un manantial de prejuicios-, poseía un incontrolable potencial intelectual. Deformado, distorsionado, que no se correspondía con un adecuado relato lógico. Sí. Pero, de algún modo, se intuía que su mente vinculaba ideas de aquella extraña y retorcida manera suya, potencialmente bella y original, aunque indómita desde un punto de vista académico.

Conforme las resistencias fueron desapareciendo, me reveló que, a menudo, tenía ataques de ansiedad al imaginar el infinito. Que su estómago se le cerraba, las palmas de las manos le sudaban y la cabeza parecía estallarle cuando pensaba en la muerte. En esas ocasiones creía que iba a ser presa de un ataque al corazón. “Todo es mutable, cambiante. Necesito estabilidad. Que se reduzca la incertidumbre que me rodea”- me dijo en una ocasión, con voz temblona. Utilizaba la violencia como método para reducir su estrés. Así que, de vez en cuando, una pelea calmaba sus nervios. A su vez echaba mano del alcohol, hachís y pastillas. Un cóctel que le procuraba no pensar. Porque lo que le pasaba a aquel chaval, de andares pendencieros y lenguaje obsceno, es que sentía miedo.

Tal y como le sucede a todos los individuos violentos.

Todos los seres humanos somos iguales. Y no existen guetos, aunque a veces lo parezca: el mundo entero es nuestro gueto. Pero, pese a ser iguales, la naturaleza, o el azar determinista, o el darwinismo, o como prefieran ustedes llamarlo, nos ha dotado de pequeñas diferencias genéticas, entre ellas la inteligencia. Estas pequeñas diferencias tienen un objetivo: asegurar nuestra supervivencia. Ya que si todos fuéramos genéticamente idénticos una gripe común podría borrarnos del mapa. Mandé a mi paciente a un colega de profesión, a que se le hicieran una batería de tests que sondearan sus capacidades intelectuales. Cuando llegaron los resultados a mi bandeja de email, mi satisfacción fue mayúscula. Recuerdo que me levanté de la silla y, durante un rato, anduve en círculos por la consulta, a la vez que cerraba los puños. Aquel muchacho, despreciado no solo por sus padres, sino por él mismo, y arrinconado por la sociedad, ¡tenía un potencial mental significativamente alto!

Sufrir en la ignorancia es terrible. O mejor dicho: la ignorancia hace que nuestro sufrimiento devenga en resultarnos terrible. En un experimento que leí hace ya un tiempo -seguramente diseñado y ejecutado en una de esas universidades norteamericanas o británicas tan coquetas- se llegó a la conclusión de que el conocimiento emocional alivia mucho el sufrimiento. Era un experimento muy sencillo y, por lo tanto, muy lúcido. Se escogían dos grupos de sujetos experimentales. A ambos se les inyectaba adrenalina -es decir: ansiedad, es decir: miedo-. Al primero se le informaba de que había sido inyectado con adrenalina y de sus efectos: pánico, sudoración, palpitaciones, etc.; y al segundo no. Pues bien, mientras los sujetos del primer grupo informaron de que la situación era perfectamente controlable, los del segundo creían que se iban a volver locos, al no saber qué les estaba sucediendo.

La base de la curación es el conocimiento. Siempre. Cuando aquel perdonavidas de los arrabales, que acudió a mi consulta con aires chulescos y a la defensiva, comportándose de un modo grosero y displicente, supo la razón por la que se comportaba así, en ese preciso instante, obró el milagro y su conducta comenzó a cambiar. La cuestión obvia era: ¿cómo era, y sigue siendo posible, que alumnos con altas capacidades salgan del sistema educativo sin ser conscientes de su potencial intelectual? ¿En qué laberinto kafkiano educacional andan metidos nuestros hijos, que no son capaces de conocer lo más evidente por las instituciones que regulan dicha función?

Sé que la inteligencia no es solo un número. Lo sé. No es solo una cifra que supere los 130, o el umbral que sea que haya que sobrepasar. Ya lo sé. Es mucho más complejo. Supongo. Además, yo no poseo los conocimientos suficientes como para evaluar el tema en profundidad. Mis jornadas laborales las dedico, por lo general, a otras cuestiones. Pero existe una cosa muy evidente, o que el empeño de mi profesión me ha ofrecido como indudable. La mayoría de mis pacientes tienen un punto en común: la disonancia cognitiva. En mayor o menor grado, en casi todos existe una contradicción entre sus conductas y sus pensamientos, sus pensamientos y sus sentimientos, o sus sentimientos y sus conductas. Y esto crea mucha ansiedad. Que luego se manifiesta tal y como aquel muchacho me describía. Actuaba como un bruto, pero no lo era. Y eso le generaba ansiedad. Además de convivir, dentro de su mente, una clara asincronía entre su edad cronológica y su edad mental desde pequeño, que al no ser detectada a tiempo, degeneró en un miedo crónico que le hacía insoportable su existencia. Porque podemos vivir con desamor, rencor, envidia o tristeza, pero no con miedo. A largo plazo resulta imposible.

Eso es lo que le sucedía a mi paciente.

Paulina Bánfalvi y Silvana Prats, hartas de ver cómo el talento “se apaga, se somete, se critica, se envidia, se golpea, se minimiza y se ataca… hasta anularlo”, han decidido montar una campaña muy valiente, con blog incluido, para que nuestro sistema educativo preste más atención a las Altas Capacidades de sus alumnos. ¿Por qué? Porque tendría que ser nuestro puñetero deber moral intentar, al menos, que en España, de una condenada vez, se le preste más atención a la meritocracia intelectual que a todos esos otros asuntos que nos meten a paletadas como si fuéramos burros comiendo alfalfa. La propia psicología y la psiquiatría han desplazado, incluso estigmatizado, a los individuos que, por una u otra razón, incluida la inteligencia, se han escapado de la media, de lo normal, que en muchos casos se corresponde con la mediocridad.

Antes dije que la naturaleza nos ha dotado de determinadas y diferenciadas predisposiciones genéticas para asegurar nuestra supervivencia como especie animal. Pero aunque existan estas tendencias, poseemos margen para la acción individual. Nuestros genes no son prisiones frías, inflexibles e inalterables en las que estamos encerrados. O, al menos, no del todo. En la celda existen fracturas por las que, con mucho esfuerzo, podemos colarnos y escapar de ella, de ese agarrotamiento de nuestro juicio.

“Altas Capacidades: la rebelión del talento” es una iniciativa particular de dos mujeres particulares que están particularmente cansadas de la tiranía de lo general, de lo habitual, de lo normal. Desde aquí, les hago este pequeño y humilde homenaje. No lo tendrán fácil, sobre todo ahora que la filosofía ha sido relegada a asignatura optativa, pero bueno. Precisamente estas empresas quijotescas son las que deberían alimentar nuestros corazones. O por lo menos el mío.

Además, soy optimista. El último estudio del CIS revela que la mitad de los españoles no compró ningún libro el año pasado. Además, el 35% no lee nunca. Soy positivo. Creo que, tarde o temprano, una actividad tan inútil, poco funcional, que induce al ocio y a la feliz pereza ensoñadora, que, en términos de productividad financiera, es absurda, que es estéril en cuanto a prosperidad económica, que es propensa a algo tan alambicado como pensar, que resulta tan poco agotadora… Ya verán. En serio. Cuando nuestra ciudadanía caiga en la cuenta de que leer una novela o un poemario o un tostón filosófico nos arroja a los pies de la vagancia y la ineficiencia, la lectura se impondrá. No bromeo. Es solo cuestión de tiempo. Cuando esta gente se de cuenta de que leer un libro no sirve absolutamente para nada. Entonces…

La batalla comenzará a ganarse ….

Artículo publicado hoy en www.noticias21.es, bajo el título “La Rebelión del Talento”, escrito por Luis Marí Beffa.

Luis Marí-Beffa es psicólogo clínico en la Clínica del Pilar en Málaga y columnista en http://www.noticias21.es

Licenciado en psicología en la Universidad de Granada.
Cursos de doctorado de Procesos Cognitivos en la Universidad de Málaga.

A menudo se dice que los niños de altas capacidades tienen asociados problemas de ansiedad, depresión, aislamiento social, comportamiento disruptivo, desafío a la autoridad y cuántas otras conductas que se nos antojan fuera de la norma. Sin embargo los estudios actuales, lejos de confirmar tal correlación, demuestran que los niños con altas capacidades tienen mayor resilencia (Silverman, 2013). Si este mito se ha extendido es porque autores anteriores (siglo XIX y principios del siglo XX) han estudiado muestras de población sesgadas: aquellos que acudían a las consultas de los psicólogos, en un entorno social, cultural, económico y académico que estaba muy lejos de atender las necesidades individuales e intelectuales. (Silverman, 2013).

Las altas capacidades no son la causa de ningún problema psicológico asociado. La falta de atención y comprensión si.