“La Escuela es un Segundo Hogar, pero el Hogar es la Primera Escuela”.

El  título de este artículo son palabras cedidas por Luis Ernesto Gutiérrez Lopez, Maestro, pedagogo y orientador; especialista Gifted Education del Colegio Alemán Reina del Mundo de Lima (Perú) y miembro de la Federación Latinoamericana para el estudio y defensa de las Altas Capacidades, con el que coincidimos en un taller sobre TBL (Thinking Based Learning) en el CTT (www.teach-think-org) de Madrid, y que nos cedió un artículo publicado en una revista sobre orientación educativa en su país, del que extraemos algunos párrafos:

“Para Criar un Niño hace falta la Tribu Entera”

Su artículo nos ha removido mucho, y ha dado lugar a un debate sobre el rol de las familias, como primeros educadores de nuestros hijos, y cómo nos perciben los otros agentes que participan en la crianza de nuestros hijos: maestros, profesores, orientadores, etc. Las palabras de Luis Ernesto no nos han molestado, porque somos conscientes de lo involucradas que estamos en la educación de nuestros hijos, como lo estáis muchos de los que ahora nos estaréis leyendo. Pero tampoco somos ingenuas al pensar que todo el mundo se implica de igual modo en la educación de sus hijos, basta con ver la programación televisa y las cifras de venta de libros y publicaciones en nuestro país, para darse cuenta de que también con las familias hay un gran trabajo por hacer para mejorar la calidad de la educación de las nuevas generaciones.

El sistema educativo finlandés es el referente a nivel mundial desde que escaló los primeros puestos en el famoso informe PISA. En Finlandia, un país cuyo sistema educativo esta fuertemente descentralizado, impera la cultura de la confianza, las autoridades educativas y los encargados de regular la educación a nivel nacional confían plenamente en los docentes. Ellos, junto con los directores, responsables y padres, tienen muy claro cómo ofrecer la mejor educación (a su juicio) a los niños y jóvenes en un determinado distrito. Escuelas y profesores son los responsables de preparar el currículo local, y elegir los materiales educativos y métodos de enseñanza.

En Finlandia, la carrera de Magisterio es una de las más exigentes. El país tiene claro que los futuros maestros, así como los que están en ejercicio, deben estar constantemente formándose, y se les considera un referente social, el pilar de la sociedad y responsables de dinamizar la vida cultural y familiar de su comunidad.

Importar este modelo exige un cambio de 180por parte de todos los actores implicados en la educación:

1)      El regulador, quien debería modificar tanto la Ley Educativa y el currículo del Grado, como la selección, formación y descentralización de la educación.

2)      El profesorado y orientadores, facilitando el acceso a quien realmente tenga vocación, preparar las pruebas y currículo para seleccionar a los mejores y más aptos para el puesto.

3)      La fuerte involucración de las familias en la educación de sus hijos.

Y es en este último punto es donde pone el foco el artículo de hoy. En efecto, la familia finlandesa “La familia finlandesa no tiene la menor duda de que es la primera responsable de la educación de sus hijos, y eso se traduce en un gran seguimiento por parte de los padres de la evolución educativa de sus hijos e hijas (…). Padres y madres muestran un gran respeto para los profesores y por la educación y, lo más importante, así lo transmiten a sus hijos e hijas. En los hogares finlandeses los niños observan cómo sus padres y sus madres son ávidos lectores de periódicos y libros. Es más, casi el 80% de las familias acuden con ellos frecuentemente a las bibliotecas de todo tipo”.

“Por otra parte existen mecanismos que garantizan la compatibilidad laboral y la vida familiar, especialmente para las mujeres. La mitad de la población adulta se encuentra en proceso de formación permanente, una de las tasas más altas del mundo. La mayoría de la gente quiere mejorar y aprender, y eso sirve de ejemplo y estímulo para el estudio a los hijos e hijas.

Extracto del artículo “La familia asume la principal responsabilidad educativa sobre los hijos e hijas” de Carlos Arroyo http://blogs.elpais.com/ayuda-al-estudiante/2014/05/my-entry.html

Os dejamos con el artículo del autor. Aunque se refiere a la sociedad Peruana, podemos encontrar muchas analogías con la nuestra o con la de muchos otros países, no en balde hablamos de una situación generalizada.

SI EDUCÁRAMOS COMO EN FINLANDIA

Al hablar de “excelencia en educación” muchos lectores hacen referencia a Finlandia como el país que ha logrado los mejores estándares educativos, demostrado en el rendimiento en las pruebas internacionales PISA.

Para nadie es un secreto que en dicho país los docentes son profesionales seleccionados de manera rigurosa y que gozan de un altor prestigio social. Además de estar muy bien preparados académicamente, los docentes evidencias un alto sentido de responsabilidad y motivación para enseñar.

¿La base del éxito finlandés está en sus docentes? No. Esa es una variable importante pero no la única. Veamos por qué afirmo ello. Imaginemos por un momento que mágicamente en el Perú nuestros maestros alcanzaran la preparación y motivación de sus pares finlandeses. ¿Tendríamos resuelto el problema educativo en el Perú?. No.

En Finlandia la educación empieza a los 7 años; antes deben dedicarse a ser niños. Jugar y descansar son tareas importantes para ellos y no dedicar horas de horas, planas de planas, para aprender a leer y escribir. En el Perú, en cambio, los padres de familia exigen que los niños vayan tempranamente a la escuela. Una escuela de Inicial es mejor valorada si deja más tarea que otras, o si “avanza” más páginas escritas o fichas resueltas. Pero eso no implica que se avance en el desarrollo de las habilidades psicomotoras, cognitivas y volitivas que necesitan a esa edad. Incluso, hasta hace unos años se tomaban exámenes de admisión a niños de 2, 3 y 4 años de edad.

Allá la semana escolar es de 25 a 30 horas semanales. Algunas escuelas europeas ya experimentan con sólo 20 horas de clase a la semana, con sesiones pedagógicas de 60 a 90 minutos en las que exploran 3 ó 4 materias en el día. Nosotros nos la hemos ingeniado para “brindar” 10 sesiones de clase en un día, no importando si son de 30 minutos, lo importante que el profesor “dicte” su clase. Las clases culminan a las 3 p.m. porque una formación equilibrada requiere la práctica de deportes, música y otras artes. Los maestros llegan a casa a consumir cuanta novela barata y programas inadecuados ofrece la TV.

Los padres finlandeses pasan más tiempo educando a sus hijos, pues están convencidos que son los primeros responsables de su educación. Un 80% de las familias finlandesas va a la biblioteca el fin de semana. ¿Cuál fue la última vez que llevaste a tu hijo a la biblioteca o el museo más cercano?. Seguro un 80% de nuestros compatriotas no sabría qué responder.

Los niños finlandeses conocen 2 a 3 idiomas, aparte de su lengua materna y éstos se aprenden porque en casa los padres hablan esos idiomas. Nuestros coterráneos en cambio, con la justa se expresan en español y ni que decir de la expresión escrita limitada a la expresión tipo WhatsApp (no saben ni qué significa, pero la usan mayoritariamente).

En los hogares finlandeses los hijos observan a sus padres como leen y ven como invierten en libros, revistas y periódicos. En muchos de nuestros hogares solo llega el periódico cuando viene como envoltura de las compras del mercado, ni qué decir de la inversión en revistas o publicaciones. Si las familias invirtieran en información y formación el presupuesto que se gastan en celulares y televisores de última generación entre otras frivolidades, seríamos una sociedad más informada y culta.

Podríamos seguir enumerando y contrastando otras grandes diferencias, pero el objetivo de este artículo no es minimizar la responsabilidad del docente, sino resaltar que sin la participación activa y responsable de la familia ni los mejores educadores de Finlandia tendrían los resultados que tienen.

La práctica de virtudes humanas al interior de la familia, es la mejor base sobre la que despega la educación que reciben en la escuela. La ausencia de estos hábitos, condiciona e impide que los estudiantes aprovechen las oportunidades de formación que se brinda en la escuela. Por ejemplo, un niño que a los 9 años no haya aprendido el valor de la obediencia (*), no siga indicaciones en la escuela y haga las cosas a su manera, con lo cual demuestra que no ha desarrollado la habilidad psicomotora o cognitiva que está detrás de las actividades en la escuela.

Los niños/as que nunca han tenido responsabilidades en casa, porque los padres les sobreprotegen, porque hay alguien que hace el servicio doméstico en casa… un niño a quien se le exime de responsabilidad, porque la culpa siempre la tienen los demás menos él… son niños que estarán seriamente limitados en la capacidad de asumir una disciplina personal y de seguir un proyecto de vida en la que la perseverancia, laboriosidad y productividad florecen sobre la base del orden y la obediencia (*).

Niños y niñas que ven a sus padres y madres invertir en su formación permanente, valorarán el hecho de aprender. Las clases se aprovecharán al máximo, y la consciencia de su “deber de aprender” no se sentirá porque será mayor su “motivación para aprender”. Pero si lo único que ven y escuchan en casa son los debates sobre el último “reality show” o serial de televisión, interesan más las noticias sobre la vida de los famosos que los avances científicos, se educan rodeados de las críticas chismosas a los demás, de actitudes intolerantes, de las copas de más en las continuas reuniones de amigos, y del poco respeto al prójimo, que no nos extrañe que esten exigiendo a sus 9 años su entrada para el próximo concierto de Katy Perry, que a los 13 participe en un botellón y que desde pequeños desarrollen ya intolerancia y desprecio hacia las diferencias.

Si educáramos como en Finlandia, comprenderíamos que la responsabilidad de los docentes es muy grande, pero el respaldo y las bases que da la familia en la educación de los hijos es mayor. Entenderíamos que los estándares internacionales de competitividad y productividad se basan en los hábitos y virtudes que se practican día a día en los hogares y se aplican en todos los ámbitos del quehacer humano, personal, familiar y social.

(*) Obediencia en el sentido estricto de mantener unas normas de respeto y orden que nos permitan una convivencia y aprovechamiento del aprendizaje fructífero para todos.

Luis Ernesto Gutiérrez López. Maestro, pedagogo y orientador.
Especialista Gifted Education.
Colegio Alemán Reina del Mundo.
Lima. Perú.


Pero podemos ir más allá. La familia no sólo puede (debe) inculcar a sus hijos (y predicar con el ejemplo) valores de responsabilidad, tolerancia, respeto a la diversidad, convivencia, continuo aprendizaje, amor por la cultura y el saber. La familia puede hacer mucho más por educar a sus hijos como libre pensadores:

  • Puede potenciar la responsabilidad cooperativa incluyendo a sus hijos en la toma de decisiones. Enseñándoles a predecir las consecuencias de sus decisiones y valorar los pros y los contra de las mismos.
  • Puede potenciar la capacidad organizativa responsabilizando a sus hijos de ordenar sus armarios, hacer la lista de la compra, decidir sobre qué juguetes tirar y qué hacer con ellos.
  • Puede desarrollar la capacidad de razonamiento evitando dar las respuestas, planteando preguntas, animándole a que busque las respuestas por si mismo.
  • Puede trabajar el valor del esfuerzo inculcando responsabilidad financiera y medioambiental, capacidad de ahorro, reutilización de objetos, reciclaje y racionalización del gasto.
  • Puede ayudar a que desarrollen el valor de aprender del error, dejándo que se caigan y se levanten por sí sólos, parándose a evaluar los errores y qué podemos hacer para evitarlos.
  • Puede valorar el pensamiento crítico evitando el dogma, la creencia ciega, trabajando y valorando las opcionewws. la empatía hacía los juícios y valores de otros, la escucha activa y el análisis de las fuentes, los postulados, las afirmaciones, las promesas de los anuncios o los telediarios, la relatividad de las cosas, etc..

 

La educación al fin, tiene más éxito cuando familia y centro se coordinan, se apoyan, se entienden. Cuando el niño es lo más importante para todos y cuando todas las partes se forman e informan adecuadamente para trabajar desde la comprensión mutua en beneficio de los pequeños.

Vemos como aumenta el bullying, la violencia, la desafección, la desmotivación, la incultura, los programas basura y la miseria mientras bajan la tolerancia, el respeto, la comprensión, la colaboración, el sacrificio, la curiosidad, la emoción, la lectura y la información de calidad.

Dar la vuelta a esto es responsabilidad de todos.

Errores habituales que se comenten al definir a las personas más dotadas intelectualmente

África Borges del Rosal

Universidad de La Laguna – aborges@ull.edu.es

Yo me pregunto ¿por qué hay tantos mitos y tantas creencias falsas en torno a las personas con más alta inteligencia? Y no encuentro respuesta, pero el caso es esta realidad, tener una inteligencia superior, está lleno de falsas concepciones, de generalizaciones excesivas, de creencias que no tienen nada de cierto.

No voy a entrar en todas las concepciones erróneas que se transmiten tanto de forma oral como en los diversos medios de comunicación, me voy a limitar a señalar tres aspectos recurrentes:

  • Los relativos a aspectos académicos,
  • Los relacionados con la adaptación personal y social y, finalmente
  • Lo relativo a la actividad física.

Hay concepciones equivocadas respecto a su rendimiento: el alumnado más capaz tendrá un alto rendimiento escolar. Y ya está. Si no es así, la lógica lleva a plantearse ¿tendrá alta capacidad? Esta concepción errónea olvida algo fundamental: la inteligencia es la variable que, por sí sola, más explica del rendimiento académico, estando la relación entre inteligencia y rendimiento en alrededor de un 30%.

Aunque es muchísimo para una sola variable, queda un 70% más de variabilidad no explicada, entrando en juego otras variables, siendo las más importantes la motivación, los hábitos de estudio y el tiempo dedicado al estudio. Pues bien, el alumnado más capaz se aburre en clase, porque su ritmo de aprendizaje es mayor que el de sus pares, con lo cual las tareas le resultan repetitivas y pierden la motivación. Si a eso se suma que, al no tener retos, porque las tareas le resultan demasiado fáciles, no desarrollan hábitos de estudio, es fácil entender que su rendimiento va a ser inferior al que cabría esperar en función de su capacidad.

El segundo error en el ámbito académico es que, puesto que son tan inteligentes, no necesitan una intervención especial, ni ningún programa o atención educativa especial. Lo que he señalado como motivo de su aburrimiento, su ritmo de aprendizaje más rápido, pone en evidencia que su programa escolar debe ajustarse a su capacidad, y no al revés. A ningún otro escolar con necesidades educativas especiales se el pide que se adapte al funcionamiento de la clase.

Pero el campo abonado de los mitos está en los aspectos socioafectivos. Tanto es así que no es infrecuente que un diagnóstico de alta capacidad intelectual se convierta en un disgusto para la familia, porque los progenitores, influidos por lo que se transmite en la calle, llegan a la conclusión de que el niño o la niña con talento superior está destinado a la soledad y el aislamiento social, cuando no a problemas psicológicos medios o severos.

¿De donde surge esta idea? Pues son varias las fuentes que la nutren pero es posible que una de las más importantes proceda de que mucho de lo que se ha recogido en la literatura sobre altas capacidades, conceptualizando sus características, no procede de estudios rigurosos y bien diseñados desde el punto de vista científico, sino que proceden de estudios clínicos, donde la persona con alta capacidad ha visitado al especialista (en psicología o psiquiatría) no porque tenga problemas con su talento, sino porque padece algún tipo de trastorno psicológico.

Y el informe científico que se publica señala un rasgo asociado: la alta inteligencia. Además de ello, la persona es alta, o rubia, o gruesa, o de una determinada raza, pero nada de eso se consigna, sólo su inteligencia, dando a entender, por ello, que el trastorno es consustancial al talento. Y con ello también se recurre a la generalización excesiva: si esta relación aparece en esta persona, con talento, se puede suponer que es extensible a todas las personas con talento.

Las últimas investigaciones ponen muy en entredicho la torpeza relacional de las personas con más talento, lo mismo que su desajuste personal y emocional.

Otro mito recurrente cae en el campo de lo físico: torpes, malos deportistas, con mala psicomotricidad. Este error tampoco se sustenta en la investigación rigurosa, es fruto, de nuevo, de la generalización excesiva: si una persona, que no es deportista, e incluso es poco hábil en el terreno físico, tiene inteligencia superior, ya está: todas las personas con talento superior son un desastre en su actividad física.

Es tiempo de combatir estos errores. Es tiempo ya de hablar alto y claro. El sinónimo de la alta capacidad no es ni trastorno psicológico, ni aislamiento, ni torpeza social, ni alumnado de sobresaliente. Es tiempo de aplicar el rigor científico para caracterizar a las personas con talento, llevando a cabo investigaciones bien realizadas, con grupos de control, con muestras numerosas, para evitar seguir llenando las páginas web que tratan de altas capacidades de listas de características que nadie ha comprobado, que no se han demostrado y que solo llevan a error.

Por ahora, lo único seguro es que las personas de alta inteligencia tienen en común una cosa: su mayor capacidad intelectual. Lo demás habrá que demostrarlo.

África Borges del Rosal es profesora titular del Área de Metodología de las Ciencias del Comportamiento de la Universidad de La Laguna. Es la directora del Grupo de Trabajo e Investigación en Superdotación (http://gtisd.net), que lleva a cabo, desde 2004, el Programa Integral para Altas Capacidades (PIPAC), programa que se imparte también en las Universidades mexicanas de Guadalajara y de la Autónoma del Estado de Morelos. Es la directora de la Red Internacional de Investigación, Intervención y Evaluación en Altas Capacidades, REINEVA (reineva.gtisd.net), que agrupa a investigadores y profesionales de España, Portugal, Holanda, Italia, México y Brasil. Dirige la revista Talento, Inteligencia y Creatividad, TALINCREA (http://www.talincrea.cucs.udg.mx/), que se publica on line semestralmente.

Una nueva mirada a la diversidad.

Autora : Dra. Gabriela López Aymes (México)

No hay duda de lo asombroso que puede resultar la gran diversidad humana. Algunos rasgos físicos como la altura, el color de ojos, la constitución atlética, o una visualización espacial superior o una asombrosa rapidez de reflejos son distribuidos de alguna forma azarosa a través de los genes. Sin embargo el que un niño muestre una habilidad superior en combinación con otros rasgos puede resultar verdaderamente impredecible.

Se puede decir, que la gran diversidad es, en parte, producto de la estrategia evolutiva de la raza humana y en parte producto del aprendizaje y tiene como finalidad la adaptación a las condiciones cambiantes e impredecibles a las que se tiene que enfrentar. Por lo que parafraseando al psicólogo Csikszentmihalyi “la diversidad es el potencial creativo en construcción de nuestra especie”.

En el discurso pedagógico de hoy en día, la escuela como institución social asume la existencia de diferencias individuales entre sus alumnos, atendiendo a grupos tan particulares que tienen motivaciones, pensamientos y puntos de vista distintos, así como aquellos que no alcanzan un aprovechamiento esperado para su edad, su capacidad y su nivel sociocultural.

A pesar del reconocimiento de esta diversidad, la organización escolar tiende a la homogeneización de los estudiantes, promoviendo prácticas educativas dirigidas a una supuesta mayoría de alumnos. Algunos explican que la población escolar sigue una distribución del tipo normal, respecto a sus capacidades y nivel intelectual. Si se representara gráficamente dicha distribución, una gran proporción de la curva describiría a los sujetos pertenecientes a la media de la población. En los extremos de la curva se localizarían los sujetos considerados como excepcionales. En el extremo izquierdo se situarían aquellos de capacidad inferior a la media y en el derecho aquellos cuyas dotes les hacen destacar o sobresalir del nivel medio. El término de excepcional es generalmente utilizado para describir a aquellos alumnos que se desvían de la media de su grupo de referencia, hasta el grado de necesitar algunas adaptaciones curriculares o servicios educativos especiales que les ayuden a desarrollar todo su potencial.

Algunos psicólogos señalan que la excepcionalidad se define comúnmente en términos de diferencias en cuanto a sus: a) características mentales, b) habilidades sensoriales, c) habilidades comunicativas, d) desarrollo conductual y emocional o, e) características físicas.

Recientemente escuché a una colega contar la historia de Procusto, personaje de la mitología griega. Se dice que el protagonista era bandido y posadero en una antigua ciudad de Grecia e invitaba a los viandantes a hospedarse en su casa que quedaba en una colina Tenía una cama de hierro en la que hacía dormir a sus huéspedes. Mientras dormían, les ataba sus pies y brazos a la cama; si éstos eran altos y sobresalían de la cama, les mutilaba sus piernas o su cabeza para ajustarlos a las dimensiones del aposento; por el contrario, si eran más pequeños que la cama, estiraba sus extremidades hasta que quedaran, igualmente, ajustadas a ella, lo cual provocaba el descoyuntamiento del prójimo.

Ante esta historia, podríamos preguntarnos si el sistema educativo en general, y la escuela, en particular, no hace lo mismo con sus alumnos, obligándolos a someterse a diversas torturas, como ajustase a un currículum rígido, a unas prácticas pedagógicas también rígidas, a unas condiciones institucionales que encorsetan y limitan la creatividad y las iniciativas más genuinas para la atención de y en la diversidad.

Parece lógico entonces optar por una escuela integradora e inclusiva, que permita encontrar la mejor situación para que cada alumno se desarrolle lo mejor posible. Es decir, una escuela que atienda a la diversidad no por su excepcionalidad, sino por su naturaleza y oportunidad de enriquecimiento humano.

En ese sentido, por mucho tiempo se dejó de lado a un tipo de población, al de altas capacidades o talentosas, que debido a ideas falsas, dificultades metodológicas derivadas de la detección, el diagnóstico y/o el desconocimiento de cuáles son sus características psicológicas y sus necesidades educativas, no había sido prioritario en la preocupación social y política. A pesar de ello, actualmente en México, como en otros países, se pueden recoger los esfuerzos de más de dos décadas de investigación, cuyos productos se concretan en una legislación específica, modelos de diagnóstico e identificación, investigación básica, propuestas de intervención educativa y programas que atienden a cierta población infantil con aptitudes sobresalientes.

Queda aún mucho por andar, pero habría que tener mucho cuidado de no tropezar con nuevos “Procustos” en el camino y tener a la mano a Teseo para poder combatir las seducciones del bandido, y poder ver en cada niño, niña o joven su característica más humana por la que vale la pena despertarse cada día.

Tener en la escuela un alumno con Aptitudes sobresalientes (AS) implica vivir contextos desafiantes y ambiguos. Desafiantes porque la innovación, la curiosidad y la amplitud de intereses nos obliga a variar la rutina estática de la escuela, requiriendo profesores, apoyo técnico pedagógico y metodologías más dinámicas. Un alumno AS supone movimiento en la dinámica escolar, en las autoridades educativas, en los docentes y en el equipo técnico que colabora en su atención. Los alumnos AS son un reto y un compromiso al que urge brindar respuestas educativas.

La doctora Gabriela López Aymes es investigadora de tiempo completo de la UAEM (México) y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

Una escuela inclusiva también para las altas capacidades.

Una escuela para todos, una educación inclusiva

Salvador Rodriguez Ojaos

Dejemos las cosas claras desde el principio: una escuela que excluye es inadmisible y un sistema educativo que margina a un número considerable de niños y jóvenes es intolerable. Eso que hoy se conoce como atención a la diversidad no es otra cosa que la esencia misma de la educación. Si es excluyente, no es educación. Su propósito es que cada persona alcance su máximo desarrollo intelectual y emocional, que potencie plenamente sus habilidades y aptitudes personales y sociales.

Es una verdad fácilmente constatable que, en la escuela, los muros más difíciles de derribar no son los de piedra, sino los que están hechos de prejuicios, tópicos y miedos. En ocasiones, estos muros son levantados por los legisladores y sus leyes inadecuadas y partidistas. Otras veces, son construidos por docentes con una formación inapropiada y una actitud conservadora y conformista.

Además, la fiebre estandarizadora que están sufriendo la mayoría de los sistemas educativos está haciendo que estos muros sean cada vez más altos e infranqueables, con lo que cada vez quedan excluidos más niños y jóvenes.

Afortunadamente, en la escuela también hay personas (docentes, directores, orientadores, padres, madres…) que, en lugar de levantar muros, lo que hacen es abrir puertas y ventanas; o lo que es lo mismo, ofrecen posibilidades de aprendizaje adaptados para cada uno de los niños y jóvenes, sean como sean, sean quienes sean, provengan de donde provengan. La personalización de la educación lo que hace es dar oportunidades a aquellos alumnos que, por una u otra causa, no son “aceptados” por el sistema o no se adaptan a él.

En este contexto, es especialmente preocupante el caso de los alumnos con altas capacidades. Es este un grupo muy heterogéneo: varían en habilidades y aptitudes, varían en su nivel de dotación, varían en sus logros, no son siempre visibles ni fáciles de identificar, presentan muy diferentes características personales de personalidad y comportamiento y pueden provenir de diversos orígenes culturales, niveles socioeconómicos y ubicaciones geográficas.

Es cierto que no es fácil detectarlos, pero el problema es que aún detectándolos (incluso tempranamente) faltan formación, recursos y, en ocasiones, interés para dar una respuesta adecuada a sus características y necesidades.

Existe una falsa creencia que lamentablemente hace mucho daño: los niños con altas capacidades no necesitan una ayuda especial porque se valen por sí solos. Pero en realidad, sin las atenciones adecuadas (servicios, recursos, actividades…), los niños con altas capacidades tienen el riesgo de sufrir estrés psicosocial, aislamiento e incumplimiento de logros en la escuela. Y dar una respuesta adecuada para evitar que eso suceda no es elitismo, es justicia.

Salvador Rodriguez Ojaos es asesor pedagógico en el ámbito editoria, y desde su blog http://www.salvarojeducacion.com/ nos invita a reflexionar sobre la posición de la escuela actual y el cambio que es necesario abordar. Salvador es también pedagogo, formador en innovación educativa, creatividad, educación emocional y educación en valores. Puedes seguirle en @salvaroj

Un precoz “matón de barrio”

Autor : Luis Mari-Beffa.

Hará unos cinco años tuve en mis manos un caso clínico muy curioso. Normalmente los padres luchan por la custodia de sus hijos tras separarse de una manera no amistosa. Ya saben, esas madres que les sugieren a sus hijas que den portazos para cabrear a papá, esos padres que intoxican las cabezas de sus hijos para pisotear la dignidad de mamá. O, bueno, si no lo saben, yo se lo digo: un juicio por custodia parental es uno de los espectáculos más ignominiosos sobre la naturaleza humana a los que uno ha de asistir. La quintaesencia de la bajeza moral. Pero este caso del que les hablo, que pasó por mis manos hará unos cinco años, tenía una peculiaridad: ambos padres se peleaban porque fuera el otro el que se hiciera cargo del hijo que tenían en común. Eso sí, al margen de los juzgados.

Este chaval de quince años, que pasaba por ser un precoz matón de barrio, venía a la consulta con camisetas de tirantas pegadas, aretes en las orejas, brazos tatuados y un casco de moto tuneado con coloridas alusiones a la marihuana, rebotado de varios psiquiatras y psicólogos hasta que alguien -aún no sé quién- habló a sus padres de mí. Siempre me hacía la misma pregunta, nada más cruzar el umbral de la puerta: “¿Puedo liarme un trócolo?”. Y yo siempre le respondía del mismo modo: “Sí, claro, siempre y cuando luego me lo des a mí para que me lo fume al llegar a casa”. Había tenido varios arrestos por peleas y reyertas callejeras -nada serio-, su rendimiento académico era pésimo y, en todo momento, su actitud resultaba hermética y numantina.

En estos casos, mi experiencia laboral me ha enseñado que lo más adecuado es no abordar el caso de un modo directo, con preguntas claras e incisivas, sino dejar que la auténtica personalidad del interlocutor y los sucesos que desencadenaron sus mecanismos de defensa vayan aflorando de modo natural a través de conversaciones aparentemente intrascendentes. Durante varias sesiones hablamos sobre mujeres, bares y resacas -asuntos que le interesaban en especial y en los que había profundizado significativamente-, hasta que, poco a poco, la confianza que se estableció entre nosotros hizo que las conversaciones se tornaran en más personales. Además, aunque el trato fuera áspero, muy pronto me involucré de un modo personal con aquel muchacho de mirada directa y retadora -cosa que la propia psicología no recomienda pero, ¿a quién le importa algunas de las cosas que dice la psicología?-. A mí, desde luego, un comino, de modo que, en estos comienzos, hubo sesiones en las que pudimos estar más de dos horas hablando de fútbol y hachís, para así acortar los plazos, ya que los recursos económicos de sus padres, además, atravesaban serias limitaciones.

Con el correr de las sesiones advertí que aquel adolescente, pese a hablar de una manera dejada, parca en léxico y cecear -lo que a simple vista podía constituir un manantial de prejuicios-, poseía un incontrolable potencial intelectual. Deformado, distorsionado, que no se correspondía con un adecuado relato lógico. Sí. Pero, de algún modo, se intuía que su mente vinculaba ideas de aquella extraña y retorcida manera suya, potencialmente bella y original, aunque indómita desde un punto de vista académico.

Conforme las resistencias fueron desapareciendo, me reveló que, a menudo, tenía ataques de ansiedad al imaginar el infinito. Que su estómago se le cerraba, las palmas de las manos le sudaban y la cabeza parecía estallarle cuando pensaba en la muerte. En esas ocasiones creía que iba a ser presa de un ataque al corazón. “Todo es mutable, cambiante. Necesito estabilidad. Que se reduzca la incertidumbre que me rodea”- me dijo en una ocasión, con voz temblona. Utilizaba la violencia como método para reducir su estrés. Así que, de vez en cuando, una pelea calmaba sus nervios. A su vez echaba mano del alcohol, hachís y pastillas. Un cóctel que le procuraba no pensar. Porque lo que le pasaba a aquel chaval, de andares pendencieros y lenguaje obsceno, es que sentía miedo.

Tal y como le sucede a todos los individuos violentos.

Todos los seres humanos somos iguales. Y no existen guetos, aunque a veces lo parezca: el mundo entero es nuestro gueto. Pero, pese a ser iguales, la naturaleza, o el azar determinista, o el darwinismo, o como prefieran ustedes llamarlo, nos ha dotado de pequeñas diferencias genéticas, entre ellas la inteligencia. Estas pequeñas diferencias tienen un objetivo: asegurar nuestra supervivencia. Ya que si todos fuéramos genéticamente idénticos una gripe común podría borrarnos del mapa. Mandé a mi paciente a un colega de profesión, a que se le hicieran una batería de tests que sondearan sus capacidades intelectuales. Cuando llegaron los resultados a mi bandeja de email, mi satisfacción fue mayúscula. Recuerdo que me levanté de la silla y, durante un rato, anduve en círculos por la consulta, a la vez que cerraba los puños. Aquel muchacho, despreciado no solo por sus padres, sino por él mismo, y arrinconado por la sociedad, ¡tenía un potencial mental significativamente alto!

Sufrir en la ignorancia es terrible. O mejor dicho: la ignorancia hace que nuestro sufrimiento devenga en resultarnos terrible. En un experimento que leí hace ya un tiempo -seguramente diseñado y ejecutado en una de esas universidades norteamericanas o británicas tan coquetas- se llegó a la conclusión de que el conocimiento emocional alivia mucho el sufrimiento. Era un experimento muy sencillo y, por lo tanto, muy lúcido. Se escogían dos grupos de sujetos experimentales. A ambos se les inyectaba adrenalina -es decir: ansiedad, es decir: miedo-. Al primero se le informaba de que había sido inyectado con adrenalina y de sus efectos: pánico, sudoración, palpitaciones, etc.; y al segundo no. Pues bien, mientras los sujetos del primer grupo informaron de que la situación era perfectamente controlable, los del segundo creían que se iban a volver locos, al no saber qué les estaba sucediendo.

La base de la curación es el conocimiento. Siempre. Cuando aquel perdonavidas de los arrabales, que acudió a mi consulta con aires chulescos y a la defensiva, comportándose de un modo grosero y displicente, supo la razón por la que se comportaba así, en ese preciso instante, obró el milagro y su conducta comenzó a cambiar. La cuestión obvia era: ¿cómo era, y sigue siendo posible, que alumnos con altas capacidades salgan del sistema educativo sin ser conscientes de su potencial intelectual? ¿En qué laberinto kafkiano educacional andan metidos nuestros hijos, que no son capaces de conocer lo más evidente por las instituciones que regulan dicha función?

Sé que la inteligencia no es solo un número. Lo sé. No es solo una cifra que supere los 130, o el umbral que sea que haya que sobrepasar. Ya lo sé. Es mucho más complejo. Supongo. Además, yo no poseo los conocimientos suficientes como para evaluar el tema en profundidad. Mis jornadas laborales las dedico, por lo general, a otras cuestiones. Pero existe una cosa muy evidente, o que el empeño de mi profesión me ha ofrecido como indudable. La mayoría de mis pacientes tienen un punto en común: la disonancia cognitiva. En mayor o menor grado, en casi todos existe una contradicción entre sus conductas y sus pensamientos, sus pensamientos y sus sentimientos, o sus sentimientos y sus conductas. Y esto crea mucha ansiedad. Que luego se manifiesta tal y como aquel muchacho me describía. Actuaba como un bruto, pero no lo era. Y eso le generaba ansiedad. Además de convivir, dentro de su mente, una clara asincronía entre su edad cronológica y su edad mental desde pequeño, que al no ser detectada a tiempo, degeneró en un miedo crónico que le hacía insoportable su existencia. Porque podemos vivir con desamor, rencor, envidia o tristeza, pero no con miedo. A largo plazo resulta imposible.

Eso es lo que le sucedía a mi paciente.

Paulina Bánfalvi y Silvana Prats, hartas de ver cómo el talento “se apaga, se somete, se critica, se envidia, se golpea, se minimiza y se ataca… hasta anularlo”, han decidido montar una campaña muy valiente, con blog incluido, para que nuestro sistema educativo preste más atención a las Altas Capacidades de sus alumnos. ¿Por qué? Porque tendría que ser nuestro puñetero deber moral intentar, al menos, que en España, de una condenada vez, se le preste más atención a la meritocracia intelectual que a todos esos otros asuntos que nos meten a paletadas como si fuéramos burros comiendo alfalfa. La propia psicología y la psiquiatría han desplazado, incluso estigmatizado, a los individuos que, por una u otra razón, incluida la inteligencia, se han escapado de la media, de lo normal, que en muchos casos se corresponde con la mediocridad.

Antes dije que la naturaleza nos ha dotado de determinadas y diferenciadas predisposiciones genéticas para asegurar nuestra supervivencia como especie animal. Pero aunque existan estas tendencias, poseemos margen para la acción individual. Nuestros genes no son prisiones frías, inflexibles e inalterables en las que estamos encerrados. O, al menos, no del todo. En la celda existen fracturas por las que, con mucho esfuerzo, podemos colarnos y escapar de ella, de ese agarrotamiento de nuestro juicio.

“Altas Capacidades: la rebelión del talento” es una iniciativa particular de dos mujeres particulares que están particularmente cansadas de la tiranía de lo general, de lo habitual, de lo normal. Desde aquí, les hago este pequeño y humilde homenaje. No lo tendrán fácil, sobre todo ahora que la filosofía ha sido relegada a asignatura optativa, pero bueno. Precisamente estas empresas quijotescas son las que deberían alimentar nuestros corazones. O por lo menos el mío.

Además, soy optimista. El último estudio del CIS revela que la mitad de los españoles no compró ningún libro el año pasado. Además, el 35% no lee nunca. Soy positivo. Creo que, tarde o temprano, una actividad tan inútil, poco funcional, que induce al ocio y a la feliz pereza ensoñadora, que, en términos de productividad financiera, es absurda, que es estéril en cuanto a prosperidad económica, que es propensa a algo tan alambicado como pensar, que resulta tan poco agotadora… Ya verán. En serio. Cuando nuestra ciudadanía caiga en la cuenta de que leer una novela o un poemario o un tostón filosófico nos arroja a los pies de la vagancia y la ineficiencia, la lectura se impondrá. No bromeo. Es solo cuestión de tiempo. Cuando esta gente se de cuenta de que leer un libro no sirve absolutamente para nada. Entonces…

La batalla comenzará a ganarse ….

Artículo publicado hoy en www.noticias21.es, bajo el título “La Rebelión del Talento”, escrito por Luis Marí Beffa.

Luis Marí-Beffa es psicólogo clínico en la Clínica del Pilar en Málaga y columnista en http://www.noticias21.es

Licenciado en psicología en la Universidad de Granada.
Cursos de doctorado de Procesos Cognitivos en la Universidad de Málaga.

A menudo se dice que los niños de altas capacidades tienen asociados problemas de ansiedad, depresión, aislamiento social, comportamiento disruptivo, desafío a la autoridad y cuántas otras conductas que se nos antojan fuera de la norma. Sin embargo los estudios actuales, lejos de confirmar tal correlación, demuestran que los niños con altas capacidades tienen mayor resilencia (Silverman, 2013). Si este mito se ha extendido es porque autores anteriores (siglo XIX y principios del siglo XX) han estudiado muestras de población sesgadas: aquellos que acudían a las consultas de los psicólogos, en un entorno social, cultural, económico y académico que estaba muy lejos de atender las necesidades individuales e intelectuales. (Silverman, 2013).

Las altas capacidades no son la causa de ningún problema psicológico asociado. La falta de atención y comprensión si.