Un niño, normal y corriente

wonder

 

Hoy he visto la película “Wonder”. La tenía pendiente. Me sumo al aplauso y apoyo que ha recibido esta película por parte de muchos y destacados miembros de la comunidad educativa en las redes. Había oído hablar de ella, por supuesto. De la empatía y sensibilidad que nos genera integrar a un niño con problemas, en este caso, en relación a su físico. De ver el corazón y no las apariencias. Del aplauso sonoro que hemos de dar a los valientes capaces de romper con lo esperado y ponerse de parte de la víctima. Poco podría añadir a lo que ya se ha dicho sobre esto.

Sin embargo hay más lecturas en esta película, o al menos, las hay para mi. Cierto, cada uno de nosotros ve, escucha, lee e interpreta influenciado por sus propios pensamientos, necesidades, prejuicios y realidad. Y yo, no voy a ser menos. Yo he visto otras denuncias paralelas. Otras moralejas adicionales.

“Levanta la mano sólo una vez”

Esto es lo que su padre le recomienda cuando deja a August en la escuela por primera vez. Sólo una vez por clase, porque destacar te acarrearía más problemas. Salvo en ciencias. Pero esto es porque es Estados Unidos. “Se tú mismo, tienes derecho a brillar”, es lo que nos debería sonar más correcto. Pero, es cierto, todos entendemos que si en circunstancias normales destacar te genera problemas de relación con tus compañeros, en el caso de August es un “buen consejo”. Necesario, pero triste.

Pasa el tiempo y los padres seguimos dando ese consejo a nuestros hijos, “no destaques mucho, si no quieres quedarte sólo y que te cojan manía”. Sin embargo creo que lo más valioso que podemos enseñar a nuestros hijos es a ser ellos mismos, a buscar la luz que les hace brillar. Deberíamos decirles “no te preocupes, si no te quieren porque brillas, preocúpate de ser tú mismo, sólo así acabarás encontrando alguien sincero con quien compartir esa luz”.

“Mi hermano es el sol”

Vía su hermana, siente que sus necesidades son siempre relegadas. Ella siempre apoyó y quiere mucho a su hermano, le ayuda siempre que puede. Pero también es una niña y también necesita que se ocupen de ella. Necesita a sus padres, guía, apoyo, abrazos, llorar, reír, quejarse, sentir que el mundo se derrumba y saber que no tiene que enfrentarse sola a este mundo. Poder gritar “ayudarme”.

Me recordó a los niños con alta capacidad cuyas necesidades quedan siempre relegadas. Ellos deben ceder el tiempo que les corresponde en la escuela a favor de los demás, porque los demás necesitan más. Y sólo se puede decir lo contrario desde posturas egoístas y faltas de empatía hacia aquellos para quienes la naturaleza no fue tan “benigna”. Además, deberían estar agradecidos, porque ellos están aprendiendo algo más importante que desarrollar su capacidad, están aprendiendo a ayudar, a compartir, a relacionarse con los demás.

Es un auto-engaño que se usa para justificar una escuela que aún no es inclusiva, ni esta dispuesta a eliminar esas barreras que convierten a algunos alumnos en “deficitarios” y a otros, en alumnos con “superávit”. A poco que reflexionemos podemos darnos cuenta de que hablar de que algunos alumnos tienen más capacidad para ayudar y otros más necesidad de ser ayudado, supone al mismo tiempo reconocer que tenemos un mismo objetivo para todos que no sólo lo es de forma cuantitativa sino también cualitativa.

El superávit o déficit siempre lo son en torno a una cifra media que se supera o a la que no se llega. De otro modo, estos conceptos no tienen sentido. Por eso hablamos de capacidad. Las altas capacidades son, en efecto un constructo que compara al alumno respecto de la media, de su entorno, de su edad. Sin esa media, no se entienden las altas capacidades -“les sobra”- pero tampoco las bajas capacidades – “les falta”.

Y luego están las barreras. Porque no nos ajustamos al nivel de cada alumno. Porque queremos que aprendan y se expresen de un modo determinado, existen barreras que no permiten que algunos alumnos alcancen este objetivo medio. Y por eso, necesitan ayuda. Trasladamos la responsabilidad del entorno al niño.

Como detectada esta necesidad de ayuda, tamapoco estamos dispuestos a modificar los objetivos ni a eliminar todas las barreras y, como no llegamos a todos, decidimos que quienes más tienen, ayuden a quienes más necesitan. Trasladamos la responsabilidad del docente a un compañero.

Además lo justificamos diciendo que así aprenden a relacionarse, a ser personas, a compartir y ayudar. Lo que a su vez significa asumir que, de forma general, para todos los niños con “superávit”, dar, repartir, compartir o aprender a relacionarse es su principal necesidad y que cualquier otra debe relegarse. También supone asumir que hay niños en nuestra aula que no van a la escuela a desarrollarse ni a aprender, su “superávit” convierte en intolerable que se les siga “dando más”. Lo que deben hacer es, al contrario “repartir”, para así tener alumnos “nivelados”.  Y supone además admitir que tienen capacidad didáctica para transmitir de forma eficaz para el receptor, lo que ellos saben o han aprendido, un receptor, no lo olvidemos, a quien el docente ha fallado. Por último supone admitir que desarrollar destrezas sociales esta reñido con desarrollarse cognitivamente. Y que aquellos que están “por debajo” no tienen esa necesidad de desarrollo social, pues estos si, vienen con ellas desarrolladas.

Sufren, pues, lo que podríamos llamar “el síndrome Vía”. Saber que sus necesidades no serán nunca atendidas y sentirse culpables y malos compañero cada vez que tienen ganas de gritar al mundo “¡eh, que yo también estoy aquí!”. Eso les haría parecer egoístas. Saben que su papel es callar y agradecer que la naturaleza haya sido benévola con ellos. Pero ellos lo único que aprenden es que son alumnos de segunda, alumnos cuyas necesidades no tienen espacio en el aula.

Cuando volvamos a las aulas, podríamos hacer el ejercicio de intentar “ver” cuantas “Vías” hay en cada clase, y ofrecerles al menos una mirada y una sonrisa, aunque sólo sea para decirles “Hola, se que estás allí. Gracias por dejar que ocupe tu tiempo con otro alumno“.

“Sólo soy un niño normal y corriente”

Así termina August su historia. No sabe por qué es merecedor de ninguna medalla. Como tampoco entendía porque era merecedor de tantas miradas extrañas. Al fin y al cabo, “sólo soy un niño, como los demás”. Me gusta reír, hacer bromas, los videojuegos, tirarme en trineo y pedir chuches en Halloween. Tengo miedo, me asusto, dudo. Necesito amigos, pero no a costa de ser como los demás, no puedo serlo. Amigos que me quieran tal y como soy, con los que disfrutar siendo yo mismo. Me gusta la ciencia y soy bueno aprendiendo. ¿Jugamos?

Y como él nos recuerda, si nos fijáramos más, veríamos, que todos somos distintos en algún modo. Sólo que a algunos les es más difícil ocultar esa diferencia. O simplemente se rebelan y deciden no ocultarla, como lo hacen Jack y Summer.

Mi moraleja

Para muchos es una película que trata de denunciar el bullying en las escuelas. El acoso que muchos niños sufren en las aulas porque sus compañeros les identifican como elementos “débiles” y pocos encuentran un Jack y una Summer que rompan su aislamiento.

Yo he querido ver además una película que denuncia la homogeneidad, la presión de ser como los demás, de no destacar en ningún sentido. De seguir al “líder”, a aquel que representa a la mayoría, a lo “normal”, aún cuando no estas de acuerdo, de fingir, de no decir lo que piensas, hasta que llega un punto, en el que ya no piensan, sólo siguen la corriente.

También he visto una película que por un rato nos hace girar la mirada hacia aquellos que parecen “no necesitar” ayuda, como Vía.

Y una película que nos enseña cómo tener intereses peculiares y oportunidades para desarrollar tu talento, -como fue la feria de ciencias para August y Jack-, es la mejor fórmula para empoderar a todos y ofrecerles la oportunidad de ser reconocidos y valorados por los demás. De mejorar al fin estas relaciones sociales que tanto nos empeñamos en concertar.

Una película que nos enseña cómo cuando algunos niños destacan en el aula y no tienen forma de ocultarlo, otros se acaban fijando en él/ella y deciden seguirlo en su autenticidad. Y por supuesto el gran valor que en todo esto tiene el papel de los adultos, los educadores, el director, la familia de August, la madre de Jack y los padres de Julian, cuyos hijos no son más que el reflejo de los valores que sus padres les han inculcado.

 

 

 

 

 

 

4 comentarios sobre “Un niño, normal y corriente

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