Maria Dolors Rius, pionera en la lucha por las AC.

María Dolors Rius es una abuela de Altas Capacidades. Nieta, hija, madre, y abuela de Altas Capacidades. Heredera de una estirpe de mujeres luchadoras, de esas que no se rinden, de esas a las que la vida ha curtido sometiéndolas a mil pruebas. Pionera en la lucha por la atención a los niños de Altas Capacidades en este país, nos cuenta su experiencia personal a través de la que aprendió a ser madre de unos hijos que le demandaban mucho. Hoy ha querido mandar un mensaje a todos los padres, para que olvidemos las excusas y nos pongamos manos a la obra, alentándonos a luchar por ese tesoro que son nuestros hijos.

No sabría por dónde empezar…¿Cómo he llegado hasta aquí y qué hago yo exponiendo al aire mis cicatrices?… Y como no soy nada mística, vamos al grano.

Antes de empezar y para que nadie se engañe, un par de cosas sobre mí. Tengo cierta “fama” que es necesario clarificar porque no quiero engañar a nadie.

1.    Soy impulsiva –que no irreflexiva-, políticamente incorrecta, inconformista, no le doro la píldora ni a mi madre (y lo sabes, mami!). Odio las injusticias y la falsedad.
2.    Soy madre de dos hijos de altas capacidades intelectuales y abuela de dos nietos encantadores: la niña es como yo…qué le vamos a hace?!?!!. Doblemente divorciada y con un hijo de cada matrimonio (si ambos son de altas capacidades…ya tenemos una pista)
3.    Sé de mis altas capacidades desde los 40 años (tengo 51… Ha llovido un poco, especialmente anoche).
4.    Soy Enfermera, especialista en quirúrgica (adoro mi profesión). Estoy para ayudar.
5.    Siempre creo que podría haber hecho/hacer más. Solidaria con remordimientos. Nada es suficiente.
6.    La vida no me lo ha puesto fácil. Me gustan los retos.
7.    Descendiente de mujeres valientes y un muy admirable hombre: mi abuelo Enric. Él es el culpable de todo.

Hasta aquí apuntes banales.

A partir de este punto, y NO lo olvidéis, cosas que me han enseñado y ayudado a llegar hasta el día de hoy más o menos bien. Estamos hablando de altas capacidades, y de nuestr@s hij@s :
– Lo que no te mata, te hace más fuerte.
– Nadie resolverá tus problemas si no mueves ficha.
– Los hijos no vienen con manual de instrucciones (muchos padres, tampoco) y los nuestros, aún menos! Tampoco hay dos iguales (por muy gemelos que sean).
– Tu estado de ánimo se transmite. De cómo resuelvas los conflictos en casa, aprenderán tus hijos. De tu actitud ante la vida, también.
– Equivocarse es de sabios. No siempre tendrás a los compañeros de viaje adecuados, pero también aprenderás de esos errores.
–  NO hay que seguir al rebaño.
–  Una asociación NO es ni un club de fans ni un club social (que puede serlo, pero no es lo ideal).
–  La Unión hace la fuerza.
–  Acción-reacción. Leyes de la física aplicadas al día a día.
– La Administración Pública es una enorme maquinaria con la que sí o sí deberás comunicarte y pelearte (esto es un hecho). La comunicación con la Administración Pública es POR ESCRITO.
–  Donde hay gente* SIEMPRE alguien que intentará aprovecharse de los incautos (“A río revuelto, ganancia de pescadores”). Ojo con los charlatanes pseudo-profesionales. Infórmate de quién es y dónde se ha titulado cada quien. Los registros son públicos y gratuitos…aunque el Ministerio no parece consultarlos.

(*gente: he puesto ese término, porque el que debería poner sería fuerte, ofensivo, para definir a quienes se aprovechan de la desesperación y el sufrimiento, para sacar beneficio)

Vale, ya nos hemos situado, más o menos.
Ahora nos ponemos más literarios a ver si soy capaz de mover entrañas y conciencias.

Cuando nació mi hijo – el pequeño, el del color del alma, el que me desesperaba, me despertó del letargo, me puso las pilas, el que me ha enseñado tanto, me dio dos guantazos en la conciencia, me interrogaba, me machacaba, me…- yo ya tenía una hija, de 12 años, y me diréis: “¡Ah, pues entonces nada, porque ya tenias experiencia”.
Cierto:  en cambiar pañales, tenía experiencia.

Como era/es un caso muy escandaloso, se le detectó desde muy pequeño y me llevé la “sorpresa” de tener sobre el escritorio, tres evaluaciones de altas capacidades, entre ellas, la mía (que fue destruida inmediatamente).

Con la desesperación que producen casos como el de mis hijos (y el de las personas que conocí en la sala de espera del centro), no me daba cuenta de que estaba metída en el mayor lío de mi vida. De entrada os diré que mis hijos y yo fuimos víctimas de una de esas redes de “gente” de la que hablaba al principio. Pero…allí empezó todo.

Cuando tienes un hijo, pasas a una nueva dimensión y ya nada volverá a ser lo mismo. Su sufrimiento es algo intolerable y harás lo que sea necesario para evitarlo o minimizarlo. Bien, pues estos personajes detestables ven en las familias con hijos de altas capacidades a la gallina de los huevos de oro. Aparentemente nadie cae en la cuenta de que su verborrea es como los antiguos casetes, sí, sí, aquellos chismes de cinta que cuando se terminaba una cara, había que darle la vuelta, y volver a empezar.

Ok, pues ahí, en ese ambiente hostil nació una semilla, una pequeña revolución.

De entrada os diré que desde el minuto cero, en que ese enano me miró directamente a los ojos interrogándome como queriendo saber qué había en el interior de mi calota craneal, empecé a sospechar que algo iba a ser distinto. Empecé en esto sola, bueno, no exactamente, porque ahí estaban – como siempre – mi abuela (d.e.p) y mi madre, que ¡¡menudo par!!

Desciendo de mujeres valientes.

A cada nuevo reto que el pequeño me lanzaba, más horas sin dormir, ante el ordenador, escrutando, buscando información, en inglés, en francés, en castellano…qué demonios está pasando? Inicié la cruzada, pero, ¡claro! Estaba sola (estábamos solas).

En ese sórdido lugar al que acudía – porque no había quién me orientara, porque no conocía otro y ese tipo salía en los medios como si de un dios se tratara – conocí a otras familias que también veían “cosas”, que creían en la necesidad de hacer algo. Digamos que el tipo en cuestión encontró muy interesante que hiciéramos alguna cosa y que él pudiera beneficiarse (¡qué pardillos éramos!)…

Aquí es donde os diré lo que debe ser una asociación.

Cuando te encuentras en los inicios de la andadura por el mundo de las ACI, crees que eres un bicho raro, que hay que esconderse y que solo quieres que tu niño esté bien: ERROR!. Bueno, lo de que el niño esté bien, eso no es un error.

Observas alucinado que las cosa no funcionan, que no van bien, que tu hij@ sufre… y ¿¿no vas a hacer nada??? ¿¿Nada de nada???

¡Venga ya, hombre! Que a uno el título de padre se lo dan de por vida…ya verás cuando tengas nietos!. El sistema no funciona. Ok. Ya lo sabemos. Pues ponte las pilas, busca más gente y ¡adelante!

Señores: las ACI representan – según autores que ahora no voy a nombrar (la fibra óptica te permite navegar por internet más deprisa de lo que yo escribo) – alrededor del 15 al 20%. Me parecen unas cifras nada insignificantes.

Vayamos a los del título de por vida. Si eres padre, con título de por vida, deberías de ser suficientemente empático para darte cuenta de que hay muchos otros niños y niñas como el tuyo, en algún lugar – próximo o no – que lo están pasando igual o peor que el/los tuyos…luego.

Primera premisa para entender qué debe ser y para qué sirve una asociación. Todos a una, como en Fuenteovejuna.

Las asociaciones de padres NO pueden ni deben ser un lugar donde los niños vayan a hacer actividades una o dos veces a la semana para suplir unos servicios/atenciones que debería darle la Administración pública, porque,  señorías, pagamos nuestros impuestos, bueno, algunos pagamos nuestros impuestos. ¿Que también se pueden hacer estas actividades porque los chavales están entre iguales y les encanta lo que les proponemos? ¡Hombre,  claro! Se lo hacemos a medida…

Bien, seguimos.

Tampoco deben ser reuniones de plañideras, porque consumiendo kleenex no resolvemos nada más que el derecho al pataleo. Vale, de acuerdo, las charlitas nos vienen de primera, exponer los logros y virtudes de nuestros retoños es lo más de lo más, pero seamos prácticos: vamos a ponernos las pilas que no hay tiempo que perder.

Tiempo.

Los niños crecen a unas velocidades de vértigo, y se nos pasa el arroz. Para cuando nos damos cuenta ya es tarde.

No me sirve que “es un tema muy nuevo”…. ¿NUEVO? ¿CÓMO QUE NUEVO? Que tengo 51 años y ya me dormía en clase como una marmota, me caía de la silla, estaba siempre castigada…

Vamos a dejarnos de negociaciones y a hablar claro, pero lo más importante: vamos a ESCRIBIR CLARO.

Nadie va a tomar represalias con nuestros hijos si nosotros no lo permitimos. Porque son nuestros derechos y los estamos reclamando. Si hay ley, que se cumpla, aunque a veces es duro. Callarse no resuelve nada. Quejarse y no actuar, tampoco.

Las asociaciones de padres deben ser el instrumento. La familia se asocia cuando los niños son pequeños para conseguir que las cosas cambien a lo largo de la vida escolar, primero, y diaria después. Una vez que los hijos ya son mayores de edad deben ser ellos los que sigan la lucha. Deben ser ellos los socios, NO los padres, porque a lo largo del recorrido deberemos haberles mostrado el camino, empoderarlos (esa palabreja para decir que debemos enseñarles a tomar las riendas de su vida, a que sepan defender lo que es suyo y de los demás, unirse, luchar y ayudar a las siguientes generaciones, porque ellos también serán padres).

Acomodarse a que otros hagan las cosas no es la mejor opción.

En todo este camino he conocido a muchísimas personas de todos los ámbitos, de dentro y fuera del país, y me ha enriquecido y ayudado.

Os seguiré contando, si queréis, porque esto es una prueba.

Abrid los ojos, que desde el sofá de casa no se cambian las cosas. ¡Muévete!

Con un sueldo mileurista, los ojos abiertos, la mente en marcha y sin ceder ni un centímetro, se hacen las cosas.

Llevo a mis espaldas suficiente para deciros que es un placer conocer a quienes como yo, algún día hemos estado a puntito de subirnos a una mesa de despacho, agarrar por los pelos al que trataba de chulearnos con sus normativas (y sin tener ni idea) y sacarlo al pasillo.

Señores, de los cobardes no se escribe nada.

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